|

ENCUENTRO
DEL SANTO PADRE
CON LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES
Y NUEVAS COMUNIDADES
Intervención de Kiko Argüello
Roma, Solemnidad de Pentecostés, 30 de mayo de 1998
"DON
DEL ESPÍRITU, ESPERANZA DE LOS HOMBRES"
Estamos
contentísimos, Santo Padre, porque Usted nos ha convocado para dar gracias
al Señor, por los dones maravillosos de apostolado, de evangelización, de
amor, de santidad, que el Espíritu Santo está suscitando en la Iglesia,
como fruto del Concilio, para prepararla a la evangelización del mundo
secularizado, para hacerla capaz de actuar la Nueva Evangelización. Gracias
por la ocasión que se me ofrece de dar gracias a Dios ante Pedro. Y conmigo
tantos de estos hermanos (aplausos), que en su mayor parte eran alejados de
la Iglesia; que, por el miedo a la muerte vivían, como yo, esclavos del
demonio, como dice la Carta a los Hebreos (cfr. 2, 15).
Pero Dios ha enviado a su Hijo para liberarnos. Cristo, con su muerte y
resurrección, ha quitado el poder al demonio. Resucitado y ascendido al
cielo, presenta al Padre sus llagas por todos los hombres, y nos envía el
Espíritu Santo. Este Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que
somos hijos de Dios (cfr. Rom 8, 16), hombres salvados del poder del pecado
y de la muerte, salvados de la seducción de la carne, de los engaños del
mundo, pero sobre todo de la condena de buscarnos en todo a nosotros mismos.
Él, Cristo, nos ha hecho partícipes de su naturaleza. Podemos amar como Él
nos ha amado. Amar más allá de la muerte, porque nos ha dado de su vida,
nos ha dado vida eterna.
Pero, ¿cómo llevar esta riqueza inmensa a todos los hombres? He aquí el
Camino Neocatecumenal. Dios me ha mandado a mí y a Carmen Hernández, a
vivir entre los pobres. También querría que Carmen mi acompañase un
momento (Llama a Carmen: Carmen, ven aquí, ven aquí, ven aquí …
aplausos… Que te vean los hermanos, han venido de Cerdeña, de Sicilia…
aplausos). El Señor nos ha enviado a vivir entre los pobres, donde, junto a
los más miserables, nos ha hecho hallar una síntesis de predicación, un
kerigma, en el redescubrimiento del misterio pascual en una liturgia viva,
que transforma la vida de las personas, y sobre todo hace aparecer la pequeña
comunidad cristiana. Todo partiendo del Concilio Vaticano II. He aquí que
somos un instrumento para ayudar a llevar la renovación del Concilio a las
parroquias.
Porque ha sido el Concilio, pensamos nosotros, la respuesta del Espíritu
Santo a los desafíos del Tercer Milenio, sobre todo al desafío de la
secularización. Usted, Santo Padre, en el Simposio de los Obispos europeos,
después de haber hablado de la secularización de Europa, que destruye la
familia, de la droga, del aborto, etc., ha dicho a los Obispos: "El Espíritu
Santo ha dado ya respuesta a todos estos problemas. Porque es Cristo el que
salva a su Iglesia". Invitaba a los Obispos a buscar los signos donde
el Espíritu Santo estaba ya soplando. Decía que era urgente una nueva
evangelización, que tomase ejemplo del "primísimo modelo apostólico".
He aquí, Santo Padre, vea esta plaza, llena de tantos hermanos; vea cuántas
realidades eclesiales. Sus palabras de hace trece años has sido proféticas.
¡He aquí el soplo del Espíritu Santo, que quiere ayudar a renovar a su
Iglesia! (aplausos)
Para evangelizar al hombre contemporáneo hacen falta signos que llamen a la
fe. Dice Cristo: amaos como yo os he amado y el mundo conocerá que sois mis
discípulos (cfr. Jn 13, 34-35), sed perfectamente uno y el mundo creerá (cfr.
Jn 17, 21). Pero nosotros preguntamos: ¿dónde, en las parroquias, se halla
esta estatura de fe, que se pueda hacer sacramento, signo, para el hombre
secularizado? ¿Dónde está este amor al enemigo hecho visibile, como
Cristo nos ha amado, cuando nosotros éramos sus enemigos? (cfr. Rom 5,
8-10). El Camino Neocatecumenal quiere ser también, como tantas otras
realidades eclesiales, un itinerario en las parroquias para hacer crecer la
fe bautismal, y llegar a formar comunidades cristianas que visibilicen el
amor de Cristo a todos los hombres. Un amor nuevo, una verdadera novedad
para el mundo: el amor al enemigo, ¡amor en la dimensión de la Cruz!
Pero para llegar a esta estatura de la fe nosotros decimos que es necesario
hacer pequeñas comunidades como la Sagrada Familia de Nazaret, donde el
Bautismo que hemos recibido pueda crecer, como le ha sucedido al Hijo de
Dios, que ha tenido necesidad de una comunidad para crecer como hombre y
hacerse adulto. Para que nuestra fe se haga adulta, y pueda dar signos al
hombre moderno.
Santidad, los frutos enormes que hemos visto surgir de este itinerario de fe,
familias reconstruidas, familias abiertas a la vida, con más de seis, siete
hijos, nueve; tantos jóvenes salvados de la droga, millares de vocaciones
para los seminarios y para la vida consagrada y contemplativa, familias que
se ofrecen para evangelizar en las zonas más difíciles; todo esto no habría
sido posible sin la ayuda de los Obispos, pero sobre todo, sin la ayuda de
Pedro (aplausos). ¡Pedro! Pablo VI la primera vez que nos ha visto nos ha
defendido de tantas acusaciones diciendo: vosotros hacéis después del
Bautismo lo que la Iglesia primitiva hacía antes del Bautismo. Y continúa:
"el antes o después, diría, es secundario". Lo importante "es
que vosotros miráis a la autenticidad, a la plenitud… de la vida
cristiana, y esto es mérito grandísimo…, que nos consuela enormemente"
(Pablo VI, Alocución a las Comunidades Neocatecumenales en la audiencia del
8 de mayo de 1974). Pero, sobre todo, Usted, Santidad, visitando las
parroquias de Roma, más de doscientas veces que nos ha hablado con tanta
valentía; enviando familias, animándonos a abrir seminarios Redemptoris
Mater; Usted, confirmándonos, ayudándonos, caminando con nosotros,
aceptando dejarse fotografiar con cada familia enviada en misión, para que
todos supieran que eran familias enviadas por el Papa. Ayudándonos con la
liturgia, viniendo Usted mismo a celebrar la Eucaristía con nosotros, para
animar a todos los Obispos; y sobre todo, reconociendo el Camino, en su
carta a Mons. Cordes, diciendo: "reconozco el Camino Neocatecumenal
como un itinerario de formación católica, válida" para los tiempos
actuales y para el hombre de hoy (Juan Pablo II, Carta "Ogniqualvolta"
a Mons. Paul Josef Cordes, 30 de agosto de 1990) (aplausos).
Termino diciendo: Santidad, continúe ayudándonos, porque esta obra nos
supera, y nosotros nos sentimos pobrísimos, siervos inútiles, peor aún,
¡total impedimento! Sin Pedro no podríamos seguir adelante. ¡Gracias,
Santidad! (aplausos).
|