Pienso entonces en acudir a los poderosos de la tierra, y apelar a los
que han sufrido oprobios, para pedirles que ayuden a una mujer brava y
recta que se está muriendo con voluntad de hambre, por ser brava y
por ser recta. Pero sé muy bien que no es fácil movilizar
las energías de la gente. El hambre, la muerte y los principios
apenas si tienen valor en los mercados del mundo. Y los poderosos, como un
califa Meliá en España, cuyos hoteles nublan los cielos de
Cuba, siempre pueden cerrar el puño sobre la fuerte espada del
dinero para desafiar como bravos a los débiles obreros cubanos que,
trabajando en dólares y pagados en pesos, no tienen manos, ni
dinero, ni voz para clamar en el desierto.
Es entonces que el peso de lo inerte y la indignación frente al
poder del mal me incendian el espíritu. Porque los que dan recto
ejemplo de conducta, rasgan las cortinas de mentiras y pretextos con las
que protegemos nuestro no hacer. Y aun el silencio de esos raros
ejemplares hace brotar en nuestro interior una oscura eufonía de
vergüenza. Por eso los admiramos y los evadimos. Porque su mera
presencia nos hace perder la falsa firmeza de nuestro paso. Por eso
quisiera poder visitar en su prisión a Marta Beatriz Roque Cabello,
para envolverla en admirativo cariño y aconsejarle que confiese su
crimen.
Porque ciertamente ella cometió un crimen: dijo la verdad. Y la
verdad es peligrosa siempre, pero mortal en un régimen totalitario.
El sistema totalitario se basa en una gran mentira montada sobre muchas
pequeñas mentiras. Por eso le tiene terror a la verdad. A cualquier
verdad. La más menuda verdad puede desgajar un fragmento y provocar
el colapso del sistema. De ahí que, en Cuba, una vez condenaron a
un infeliz a seis meses de prisión, enfundado en un espeso abrigo
invernal. Porque el ciudadano se había quejado en público
del calor de la isla. Decir eso, rezó la sentencia, era mentir
sobre el clima para debilitar al turismo; y debilitar al turismo era
dañar a la economía nacional, y dañar la
economía nacional era desmentir al gran líder. Así
funcionó y funciona el absurdo silogismo autoritario. El calor en
Cuba no depende de la temperatura. Depende de lo que determine el supremo.
El terrible peso de un crimen