Actualizado a las 4:09 a.m., hora del este, el domingo, 5 de septiembre de 1999

LUIS AGUILAR LEON

El terrible peso de un crimen

Hace días vivo con un peso inerte sobre la espalda del alma. Se lo debo a una mujer. A una mujer recta como una espada que, sepultada en una prisión por reclamar con tres cubanos que La patria es de todos y rechazar la mentira oficial, ha decido morirse de hambre. Y no puedo hacer nada por ella.

Hace tiempo, cuando ella podía luchar por la libertad de su pueblo, soñaba con irla a ver, a ella y a sus compañeros, para abrazarlos y decirles todo lo que todos les debemos. Es la fraternal sensación que me une a los cubanos que hablan por radio, o esgrimen argumentos para cambiar el presente, o alzan voces disidentes, o simplemente se quedan absortos y ausentes, como esos jóvenes cubanos, tan delgados como sus bicicletas, que aparecen en los documentales, con la indiferente expresión de quienes desdeñan la farsa circundante. Quisiera conocer sus experiencias, sus visiones del mundo, y sus encadenadas esperanzas. Pero el tiempo vuela y las escuálidas horas me van hurtando tales sueños.

Pienso entonces en acudir a los poderosos de la tierra, y apelar a los que han sufrido oprobios, para pedirles que ayuden a una mujer brava y recta que se está muriendo con voluntad de hambre, por ser brava y por ser recta. Pero sé muy bien que no es fácil movilizar las energías de la gente. El hambre, la muerte y los principios apenas si tienen valor en los mercados del mundo. Y los poderosos, como un califa Meliá en España, cuyos hoteles nublan los cielos de Cuba, siempre pueden cerrar el puño sobre la fuerte espada del dinero para desafiar como bravos a los débiles obreros cubanos que, trabajando en dólares y pagados en pesos, no tienen manos, ni dinero, ni voz para clamar en el desierto.

Es entonces que el peso de lo inerte y la indignación frente al poder del mal me incendian el espíritu. Porque los que dan recto ejemplo de conducta, rasgan las cortinas de mentiras y pretextos con las que protegemos nuestro no hacer. Y aun el silencio de esos raros ejemplares hace brotar en nuestro interior una oscura eufonía de vergüenza. Por eso los admiramos y los evadimos. Porque su mera presencia nos hace perder la falsa firmeza de nuestro paso. Por eso quisiera poder visitar en su prisión a Marta Beatriz Roque Cabello, para envolverla en admirativo cariño y aconsejarle que confiese su crimen.

Porque ciertamente ella cometió un crimen: dijo la verdad. Y la verdad es peligrosa siempre, pero mortal en un régimen totalitario. El sistema totalitario se basa en una gran mentira montada sobre muchas pequeñas mentiras. Por eso le tiene terror a la verdad. A cualquier verdad. La más menuda verdad puede desgajar un fragmento y provocar el colapso del sistema. De ahí que, en Cuba, una vez condenaron a un infeliz a seis meses de prisión, enfundado en un espeso abrigo invernal. Porque el ciudadano se había quejado en público del calor de la isla. Decir eso, rezó la sentencia, era mentir sobre el clima para debilitar al turismo; y debilitar al turismo era dañar a la economía nacional, y dañar la economía nacional era desmentir al gran líder. Así funcionó y funciona el absurdo silogismo autoritario. El calor en Cuba no depende de la temperatura. Depende de lo que determine el supremo.

cap ¿Qué puedo, en tales circunstancias hacer por ti, Marta Beatriz Roque Cabello?¿Enviarte un collar de nobles adjetivos? ¿A ti que estás allí, firme en la roca de tus principios, rodeada por la inflexible lógica del monstruo totalitario? Nada puedo decirte. Algo quizás pueda hacer. Convocar a todos los que odian la injusticia, proclamar tu nombre como flecha acusadora, pedirle a todo el mundo que repita un clamor contra lo que está ocurriendo en la isla, y contra aquéllos que justifican la sentencia. Con toscos argumentos, como la hija del Che Guevara, quien declaró hace poco en la Argentina que los disidentes eran informantes pagados por el FBI americano; o con sutiles sofismas como repetir eso de que ``ciertamente la revolución ha cometido errores, pero...'' Tal cosa puedo tratar de hacer con todas las fuerzas posibles. Pero nada vale más que tu denuncia, apoyada por tu voz y tu conducta. Piénsalo Beatriz. Muchos mortales pueden alzar tu ejemplo y alimentarse de tu energía. Pero ningun mortal puede pedirte más de lo que has hecho.


Copyright 1999 El Nuevo Herald