Madrid, siete de diciembre de 1998. Jesús Chamber está
sentado al otro lado de la mesa. El sofisticado menú de cogollos
con salsa roquefort, salmón marinado y delicias de merluza le suena
a esperanto a este hombre alto y delgado como un junco que durante siete
años ha comido bazofia en las diferentes celdas por las que ha
pasado. Su hablar es pausado y el tono atemperado. Chamber me cuenta del
año que pasó en un corredor con luces artificiales las 24
horas del día. De los presos comunes que le ``echaban'' para
arrastrarlo a broncas peligrosas. De los carceleros que soterradamente le
hacían llegar mensajes de simpatía. Del ``abakuá''
que compartió su celda el último año. Un tipo
violento que constante, e inútilmente, lo provocaba. Digamos que se
trataba de otro ``enviado'' de la Seguridad del Estado. ``Intentaban
destruirme y lo que no sabían es que me hacían más
fuerte cada día'', me dice. Tengo enfrente a un hombre con una
``misión'' de dimensiones bíblicas: la de hacerse
indestructible frente a la adversidad. Es un Job caribeño que se ha
enfrentado a todas las pruebas para levantarse una y otra vez. La
disciplina más férrea y la concentración cuasi
religiosa lo llevaron a un orden mental y físico que pudo
más que el caos circundante.
A Jesús Chamber, que desde muy temprano chocó con las
arbitrariedades de la dictadura, lo expulsaron de la universidad cuando
cursaba el primer año de historia. En la cárcel pudo leer
mucho y en él se nota la formación anárquica pero
intensa del autodidacta. Le pregunto por sus libros favoritos: `` El
espíritu de las leyes, de Montesquieu, la obra de Rousseau, todo lo
de Víctor Hugo... También Balzac.'' Curiosamente,
está convencido de que sus carceleros no escogían los libros
inocentemente, ya que, según él, una forma de inducir a la
locura es abrirle los ojos al cautivo por medio de la literatura. Una
teoría cervantina la que me arroja este Quijote isleño, tan
lejano en tiempo y lugar al hombre de La Mancha.
Chamber es la piedra preciosa sin pulir. La edificación de
concreto antes del acabado de pintura. Ahora que es libre sueña con
volver a los estudios formales y lo quiere aprender todo: desde
filosofía hasta informática, pasando por las siempre
útiles clases de conducir.
Si los libros le fortalecieron el poder de la mente, el ejercicio
diario transformó su fibroso cuerpo en una máquina capaz de
contener los efectos devastadores del hambre y la desnutrición.
Jesús comenzaba el día con yoga, para luego correr sin
apenas desplazarse en la caja de cerillas donde estaba confinado. ``Todos
los días hacía de 1,000 a 2,000 cuclillas en la puerta de la
celda.'' Ahora me pregunta dónde está el parque de El Retiro
para entrenar, pues es capaz de correr de 40 a 50 kilómetros.
Jesús tiene el tesón y la paciencia del corredor de fondo.
Ninguno de los obstáculos que la dictadura le ha puesto en el
accidentado camino de su vida le impedirán llegar a la meta. Es el
hombre poseído por las convicciones, por la fe ciega en sí
mismo. Un fanático del ``yo'' frente a los bulldozers que pretenden
aniquilar el espíritu.
Jesús Chamber no prueba el café ni bebe alcohol, salvo
alguna que otra cerveza. Lee todo lo que cae en sus manos y piensa
humillar a Castro sin tregua. Me asegura que canta muy bien, que baila
mejor y que le priva el guaguancó. También me dice que nada
va a cambiar en Cuba, pues lo único que acabaría con la
dictadura es arrancarla de raíz. Como la mala hierba. Le pido que
me cuente otra vez cómo quemó la celda-museo aquel 17 de
noviembre de 1992. Pirómano de becerros de oro. Fantoches de
hojalata y papel en la hoguera de sus ojos.
Jesús del gran poder
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Copyright © 1998 El Nuevo Herald