Publicado el lunes, 14 de diciembre de 1998 en El Nuevo Herald

GINA MONTANER

Jesús del gran poder

Madrid -- La cabeza semirrapada y los rasgos escarpados. Sus finos y largos huesos son aristas. Cuando vi la foto de Jesús Chamber en el diario El País sentí verdadera curiosidad. Luego leí la crónica de Mauricio Vicent sobre la liberación e inminente exilio en España del disidente cubano. Entonces la curiosidad fue mayor. Desde los 30 a los 37 años, carne de presidio político. Kilo Ocho, Boniato, Boniatillo. Golpes van y vienen. Bastonazos en las canillas, la cabeza partida, rounds de puñetazos. Por rebelde. Por gritar ''¡abajo Fidel!'' en las revisiones. Por encabezar huelgas de hambre. Por quemar banderas del 26 de julio. Y, sobre todo, por prenderle fuego a la celda-museo de la prisión de Boniato. La valentía suicida del que ya nada teme.

Tenía que conocer a este pirómano del totalitarismo. Incendiario de cuánto símbolo patriótico le ponía delante una revolución que se empeñaba en marginar aun más a este muchachito criado en un barrio pobre de Santiago de Cuba. Tenía que conocerlo, pues, sibilinamente, el tal Mauricio Vicent dejaba caer en su reportaje que Jesús Chamber sufría trastornos sicológicos. El reportero --quien como luego me contó sorprendido Chamber, apenas intercambió con él unas palabras en el domicilio de Elizardo Sánchez-- arrojaba sombras en su biografía. Pero a mí me parecía un loco muy cuerdo un hombre que, recién salido de la cárcel y aún en Cuba, declaraba que no sólo estaba en contra del levantamiento del embargo, sino que le pedía a la Unión Europea que se sumara a éste para acabar de una vez con el régimen castrista.

Madrid, siete de diciembre de 1998. Jesús Chamber está sentado al otro lado de la mesa. El sofisticado menú de cogollos con salsa roquefort, salmón marinado y delicias de merluza le suena a esperanto a este hombre alto y delgado como un junco que durante siete años ha comido bazofia en las diferentes celdas por las que ha pasado. Su hablar es pausado y el tono atemperado. Chamber me cuenta del año que pasó en un corredor con luces artificiales las 24 horas del día. De los presos comunes que le ``echaban'' para arrastrarlo a broncas peligrosas. De los carceleros que soterradamente le hacían llegar mensajes de simpatía. Del ``abakuá'' que compartió su celda el último año. Un tipo violento que constante, e inútilmente, lo provocaba. Digamos que se trataba de otro ``enviado'' de la Seguridad del Estado. ``Intentaban destruirme y lo que no sabían es que me hacían más fuerte cada día'', me dice. Tengo enfrente a un hombre con una ``misión'' de dimensiones bíblicas: la de hacerse indestructible frente a la adversidad. Es un Job caribeño que se ha enfrentado a todas las pruebas para levantarse una y otra vez. La disciplina más férrea y la concentración cuasi religiosa lo llevaron a un orden mental y físico que pudo más que el caos circundante.

A Jesús Chamber, que desde muy temprano chocó con las arbitrariedades de la dictadura, lo expulsaron de la universidad cuando cursaba el primer año de historia. En la cárcel pudo leer mucho y en él se nota la formación anárquica pero intensa del autodidacta. Le pregunto por sus libros favoritos: `` El espíritu de las leyes, de Montesquieu, la obra de Rousseau, todo lo de Víctor Hugo... También Balzac.'' Curiosamente, está convencido de que sus carceleros no escogían los libros inocentemente, ya que, según él, una forma de inducir a la locura es abrirle los ojos al cautivo por medio de la literatura. Una teoría cervantina la que me arroja este Quijote isleño, tan lejano en tiempo y lugar al hombre de La Mancha.

Chamber es la piedra preciosa sin pulir. La edificación de concreto antes del acabado de pintura. Ahora que es libre sueña con volver a los estudios formales y lo quiere aprender todo: desde filosofía hasta informática, pasando por las siempre útiles clases de conducir.

Si los libros le fortalecieron el poder de la mente, el ejercicio diario transformó su fibroso cuerpo en una máquina capaz de contener los efectos devastadores del hambre y la desnutrición. Jesús comenzaba el día con yoga, para luego correr sin apenas desplazarse en la caja de cerillas donde estaba confinado. ``Todos los días hacía de 1,000 a 2,000 cuclillas en la puerta de la celda.'' Ahora me pregunta dónde está el parque de El Retiro para entrenar, pues es capaz de correr de 40 a 50 kilómetros. Jesús tiene el tesón y la paciencia del corredor de fondo. Ninguno de los obstáculos que la dictadura le ha puesto en el accidentado camino de su vida le impedirán llegar a la meta. Es el hombre poseído por las convicciones, por la fe ciega en sí mismo. Un fanático del ``yo'' frente a los bulldozers que pretenden aniquilar el espíritu.

Jesús Chamber no prueba el café ni bebe alcohol, salvo alguna que otra cerveza. Lee todo lo que cae en sus manos y piensa humillar a Castro sin tregua. Me asegura que canta muy bien, que baila mejor y que le priva el guaguancó. También me dice que nada va a cambiar en Cuba, pues lo único que acabaría con la dictadura es arrancarla de raíz. Como la mala hierba. Le pido que me cuente otra vez cómo quemó la celda-museo aquel 17 de noviembre de 1992. Pirómano de becerros de oro. Fantoches de hojalata y papel en la hoguera de sus ojos.
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