Esto explica la inacción frente a los soviéticos, pero
¿y por qué la parálisis frente al gobierno cubano? Por
dos razones. La primera se parece a la anterior: si Johnson y sus
colaboradores más íntimos --como acaba de ratificarle Joseph
Califano, uno de sus ministros, al periodista Henry Raymont-- hubieran
acusado a Castro, simúltaneamente tenía que ordenar el
ataque a Cuba, y en la isla continuaban apostados varios millares de
militares soviéticos, lo que probablemente desencadenaría la
Tercera Guerra Mundial. Pero tanto como eso pesaba un oscuro factor
político: saldría a la luz que el presidente Kennedy, a su
vez, y utilizando para ello nada menos que a su hermano Bobby, fiscal
general de la nación, estaba intentando asesinar a Castro con la
ayuda de la mafia. Era una asombrosa falta moral que, además,
demostraba una total ausencia de sentido común: los mismos
endurecidos criminales a los que los Kennedy debían perseguir
dentro de Estados Unidos habían sido contratados para hacerle un
trabajo sucio a la Casa Blanca. Si ese escándalo saltaba a la luz
pública no sólo acababa la carrera política de Bobby
Kennedy, sino se ponía al alcance de la justicia penal:
¿quién podía justificar que la más alta figura
jurídica del país estuviera en contubernios delictivos con
la mafia?
Dentro de esta hipótesis, la motivación de Castro para
eliminar a Kennedy era precisamente ésa: sabía que el
presidente norteamericano, frustrado por el fracaso de Bahía de
Cochinos y maniatado por los acuerdos de paz que le pusieron fin a la
``crisis de los misiles'', estaba tratando de matarlo con el auxilio de
los gángsters, y para el comandante no existe ley más justa
que la del talión: ojo por ojo y francotirador por francotirador.
En Washington, además, ya habían tenido un aviso serio:
pocos días antes del asesinato de Dallas, en una cena a la que
Castro había asistido en la legación de Brasil en La Habana,
el embajador brasilero Vasco Leitao --un hombre próximo a Estados
Unidos-- había reportado un curioso y amenazante comentario del
máximo líder: ``quienes tratan de matarme deben tener
cuidado, pues las armas que hoy me apuntan mañana pueden volverse
contra ellos''. De acuerdo con este escenario, mediante amenazas,
represalias o sobornos, Castro había conseguido ``darle la vuelta a
la mafia'', utilizándola para borrar las huellas de La Habana: ese
sería el papel de Jack Ruby cuando mata a Oswald delante de
cincuenta periodistas.
Es posible que estos desempolvados documentos soviéticos
provoquen otra nueva investigación en el Congreso sobre la muerte
de Kennedy, pero ahora enfocada a tratar de demostrar la responsabilidad
de Castro en este crimen. Que Castro no ha rehuido nunca el asesinato de
sus adversarios es algo que comenzó a demostrar a los veinte
años de edad, cuando él mismo intentó matar a un
estudiante llamado Leonel Gómez, a quien logró darle un
balazo en el tórax mientras el desprevenido muchacho se acercaba a
la universidad. Que en esta oportunidad, la de Kennedy, tenía unas
razones específicas, tampoco hay duda. Como en los juicios,
están todos los elementos: el sospechoso, el móvil y la
pistola humeante. Cuando a Markus Wolf, el ex jefe de la Stasi alemana, el
más famoso y temible de los espías comunistas, le
preguntaron por la muerte de Kennedy, dijo algo curioso y
enigmático: ``no me pregunten a mí, pregúntenle a
Castro''. No es mala idea.
Castro, Jacqueline y la muerte de Kennedy
© Firmas Press
Copyright 1999 El Nuevo Herald