Actualizado a las 10:35 a.m., hora del este, el domingo, 22 de agosto de 1999

CARLOS ALBERTO MONTANER

Castro, Jacqueline y la muerte de Kennedy

Madrid -- Entre infartos cardiacos y políticos, Yeltsin ha tenido la cortesía de remitirle a su amigo Clinton algunos de los papeles sobre la muerte de Kennedy en poder del Kremlin. Entre ellos había una carta de Jacqueline dirigida a Nikita Kruschev, entonces jefe de gobierno en la URSS, escrita a los diez días de los sucesos de Dallas. En esa nota personal la joven viuda, de una manera oblicua, exonera a Moscú del asesinato de su marido, pero culpa a ``figuras menores'' del mundo de la política. ¿A quién se refería? Sin duda, a Fidel Castro, pues tanto la ex primera dama como Lyndon Johnson, sucesor de Kennedy, vivieron y murieron convencidos de que tras el asesinato del popular presidente norteamericano estaba la mano larga, audaz y vengativa del comandante.

¿Por qué en medio de la conmoción y el intenso dolor que seguramente padecía Jackie Kennedy, en lugar de un acuse de recibo protocolar en respuesta al pésame enviado por Kruschev, se toma el trabajo de colocar la responsabilidad del crimen en esa desafiante ``figura menor'', alguien a quien ni siquiera necesita mencionar porque su interlocutor conoce de sobra? Porque la primera preocupación del gobierno norteamericano en ese momento era descargar a Moscú de cualquier vinculación con el asesinato, una tarea muy difícil dados los antecedentes de Oswald: comunista, expatriado en la URSS, cuya ciudadanía trató de adquirir, casado con una rusa y en contacto con la embajada soviética (y la cubana) en México poco antes del magnicidio de Dallas. Si el KGB había matado a Kennedy eso era un casus belli. La carnicería que se había evitado en la entonces muy reciente ``crisis de los misiles'' --octubre de 1962-- se repetía apenas un año más tarde, pero ante una ciudadanía totalmente conmocionada por la contemplación en televisión del asesinato de su presidente. Si el asustado sucesor Lyndon Johnson, juramentado a toda prisa a bordo de un avión, culpa en ese momento a los soviéticos, probablemente no le quedaba otra opción que declarar la guerra. Pero había, incluso, otro peligro adicional: si los soviéticos creían que se les imputaría este crimen de estado --lo que conduciría a la guerra-- existía cierto peligro de que reaccionaran con un ataque preventivo. De manera que la forma de tranquilizar a los camaradas era utilizar el acuse de pésame de la doliente viuda para darles garantías de que en Washington, pese a todos los síntomas, no iban a interpretar que Oswald actuaba bajo las órdenes de los rusos.

Esto explica la inacción frente a los soviéticos, pero ¿y por qué la parálisis frente al gobierno cubano? Por dos razones. La primera se parece a la anterior: si Johnson y sus colaboradores más íntimos --como acaba de ratificarle Joseph Califano, uno de sus ministros, al periodista Henry Raymont-- hubieran acusado a Castro, simúltaneamente tenía que ordenar el ataque a Cuba, y en la isla continuaban apostados varios millares de militares soviéticos, lo que probablemente desencadenaría la Tercera Guerra Mundial. Pero tanto como eso pesaba un oscuro factor político: saldría a la luz que el presidente Kennedy, a su vez, y utilizando para ello nada menos que a su hermano Bobby, fiscal general de la nación, estaba intentando asesinar a Castro con la ayuda de la mafia. Era una asombrosa falta moral que, además, demostraba una total ausencia de sentido común: los mismos endurecidos criminales a los que los Kennedy debían perseguir dentro de Estados Unidos habían sido contratados para hacerle un trabajo sucio a la Casa Blanca. Si ese escándalo saltaba a la luz pública no sólo acababa la carrera política de Bobby Kennedy, sino se ponía al alcance de la justicia penal: ¿quién podía justificar que la más alta figura jurídica del país estuviera en contubernios delictivos con la mafia?

Dentro de esta hipótesis, la motivación de Castro para eliminar a Kennedy era precisamente ésa: sabía que el presidente norteamericano, frustrado por el fracaso de Bahía de Cochinos y maniatado por los acuerdos de paz que le pusieron fin a la ``crisis de los misiles'', estaba tratando de matarlo con el auxilio de los gángsters, y para el comandante no existe ley más justa que la del talión: ojo por ojo y francotirador por francotirador. En Washington, además, ya habían tenido un aviso serio: pocos días antes del asesinato de Dallas, en una cena a la que Castro había asistido en la legación de Brasil en La Habana, el embajador brasilero Vasco Leitao --un hombre próximo a Estados Unidos-- había reportado un curioso y amenazante comentario del máximo líder: ``quienes tratan de matarme deben tener cuidado, pues las armas que hoy me apuntan mañana pueden volverse contra ellos''. De acuerdo con este escenario, mediante amenazas, represalias o sobornos, Castro había conseguido ``darle la vuelta a la mafia'', utilizándola para borrar las huellas de La Habana: ese sería el papel de Jack Ruby cuando mata a Oswald delante de cincuenta periodistas.

Es posible que estos desempolvados documentos soviéticos provoquen otra nueva investigación en el Congreso sobre la muerte de Kennedy, pero ahora enfocada a tratar de demostrar la responsabilidad de Castro en este crimen. Que Castro no ha rehuido nunca el asesinato de sus adversarios es algo que comenzó a demostrar a los veinte años de edad, cuando él mismo intentó matar a un estudiante llamado Leonel Gómez, a quien logró darle un balazo en el tórax mientras el desprevenido muchacho se acercaba a la universidad. Que en esta oportunidad, la de Kennedy, tenía unas razones específicas, tampoco hay duda. Como en los juicios, están todos los elementos: el sospechoso, el móvil y la pistola humeante. Cuando a Markus Wolf, el ex jefe de la Stasi alemana, el más famoso y temible de los espías comunistas, le preguntaron por la muerte de Kennedy, dijo algo curioso y enigmático: ``no me pregunten a mí, pregúntenle a Castro''. No es mala idea.

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Copyright 1999 El Nuevo Herald