Lo que el libro relata es predecible: las purgas, las ejecuciones en
masa, las deportaciones genocidas de pueblos enteros, la muerte de decenas
de miles de personas que intentan escapar de la sinrazón y el
terror, los campos de concentración, los absurdos modos de
organizar la producción de alimentos, generadores de hambrunas que
debilitaronhasta la muerte a millones de seres indefensos, o la paranoia
asesina de una clase dirigente que devoraba a sus propios hijos. Pero lo
más espeluznante no es este catálogo de crímenes,
sino el hecho tremendo de que ocurriera en todas las latitudes de manera
parecida, aunque a diferentes escalas. La barbarie no era imputable a la
supuesta crueldad rusa --como Gorky sospechara--, ni a la atribuida
impasibilidad asiática ante el dolor ajeno, como reza el viejo
prejuicio, pues los checos, cultos y de sangre fría, los
católicos polacos, los etíopes, perdidos en una vieja
tradición de tranquila miseria, los laosianos religiosos
ycontemplativos, aferrados a una estricta moral familiar, los afganos
musulmanes, o los cubanos y nicaragüenses, divertidos, dicharacheros,
de trato dulce, amistosos, todos, sin excepción, todos, cuando
ejercieron el poder aferrados a los dogmas y procedimientos comunistas, se
comportaron de la misma manera despótica y cruel con sus
semejantes. Para todos, y en todas las culturas, etnias y continentes, la
vida de sus semejantes dejó de tener valor ante los esquemas
abstractos que les proponía una construcción artificial
sobre la supuesta fórmula ideal de estructurar la convivencia.
De esta observación se derivan dos conclusiones que sería
una peligrosa locura ignorar. La primera, es que el riesgo proviene de la
formulación de la utopía misma. Hay que echarse a temblar
cuando aparece un profeta que cree saber cómo les conviene vivir a
los seres humanos; alguien que es capaz de diagnosticar sin un asomo de
duda los males que nos afligen, y que dice conocer tanto la
dirección ``correcta'' de la historia, como los pasos que hay que
dar para modificar la esencia de las personas, de manera que se comporten
con arreglo a la decencia, la solidaridad y el aprecio por el bien
común. Hay que huir como de la peste de los constructores de
``hombres nuevos'' y de los planificadores de ``paraísos'', pues
esos experimentos sociales de los ``ingenieros políticos''
invariablemente terminan en los paredones y los cementerios. La segunda
conclusión es una advertencia pesimista. No es prudente creer en la
bondad intrínseca de las personas. Esa virtuosa criatura que
tiembla de emoción ante el dolor ajeno, que se quita el pan de la
boca para ayudar a un menesteroso, que a veces se juega la vida para
combatir una injusticia previa, una vez metida dentro del engranaje
totalitario y dotada de autoridad y de una causa sagrada, le da un tiro en
la nuca a una huérfana ciega, o justifica que otro se lo dé,
si cree que con ese acto contribuye a la salvación de sus ideales.
¿O es que alguien cree que Mao, Tito, Stalin, Castro, Daniel Ortega o
Menjistu (y lo mismo puede decirse de Hitler o de Mussolini) eran unos
asesinos depravados que disfrutaban con el daño que les
infligían a sus compatriotas? Por supuestoque no: eran --o son, los
que están vivos-- los prisioneros de una ideología que ha
trastocado el orden natural de sus valores. Para ellos los seres humanos
no valen nada. Lo que vale es la Historia, así con
mayúscula.
La publicación de este libro ha abierto de nuevo el debate en
Europa. Para cierta izquierda encallecida, todavía es válido
el obsceno dictum de Sartre de 1952: ``todo anticomunista es un perro''.
Yo no lo creo. Ser anticomunista, como ser antinazi, es una
expresión de la sensibilidad y de la inteligencia. Por el
contrario, declararse, como tanta gente, ``no ser antinada'', es volverse
cómplice de los criminales. Ser anticomunista es la muestra de que
somos capaces de aprender de la experiencia para no repetir errores
pasados.
Museos del
totalitarismo
Copyright © 1998 El Nuevo Herald
Cien millones de muertos
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