Publicado el martes, 19 de mayo de 1998 en El Nuevo Herald

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CARLOS ALBERTO MONTANER

Cien millones de muertos

Es la manera perfecta de conmemorar la publicación del Manifiesto Comunista. En 1848, hace exactamente 150 años, cuando Europase estremecía en medio de una revolución que sacudió todas las estructuras políticas, Marx dio a conocer su breve ensayo y vaticinó que un día, para él no muy lejano, los proletarios del mundo, unidos, crearían sobre la tierra el paraíso comunista. Marx, qué duda cabe,ardía en deseos de justicia y estaba persuadido de que había dado con el modo definitivo de implantar la felicidad y la prosperidad entre los hombres. Siglo y medio más tarde, acaba de aparecer en las librerías de lengua española un excelente balance de lo que fue ese sueño comunista. Se titula El libro negro del comunismo, y en un tomazo de 865 páginas legibles y muy bien organizadas, publicado por Planeta-Espasa, la historia de esta utopía se resume en una cifra pavorosa: 100 millones de muertos. Una carnicería mayor que la suma de todas las guerras registradas por los historiadores desde el brumoso episodio de la Ilíada hasta las últimas barbaridades balcánicas. Los realizadores de este inventario de horrores son respetadísimos miembros de la comunidad universitaria francesa, y los encabeza Stéphane Courtois, el editor de la revista Communisme, una de las mayores autoridades del mundo en esta triste materia.

Lo que el libro relata es predecible: las purgas, las ejecuciones en masa, las deportaciones genocidas de pueblos enteros, la muerte de decenas de miles de personas que intentan escapar de la sinrazón y el terror, los campos de concentración, los absurdos modos de organizar la producción de alimentos, generadores de hambrunas que debilitaronhasta la muerte a millones de seres indefensos, o la paranoia asesina de una clase dirigente que devoraba a sus propios hijos. Pero lo más espeluznante no es este catálogo de crímenes, sino el hecho tremendo de que ocurriera en todas las latitudes de manera parecida, aunque a diferentes escalas. La barbarie no era imputable a la supuesta crueldad rusa --como Gorky sospechara--, ni a la atribuida impasibilidad asiática ante el dolor ajeno, como reza el viejo prejuicio, pues los checos, cultos y de sangre fría, los católicos polacos, los etíopes, perdidos en una vieja tradición de tranquila miseria, los laosianos religiosos ycontemplativos, aferrados a una estricta moral familiar, los afganos musulmanes, o los cubanos y nicaragüenses, divertidos, dicharacheros, de trato dulce, amistosos, todos, sin excepción, todos, cuando ejercieron el poder aferrados a los dogmas y procedimientos comunistas, se comportaron de la misma manera despótica y cruel con sus semejantes. Para todos, y en todas las culturas, etnias y continentes, la vida de sus semejantes dejó de tener valor ante los esquemas abstractos que les proponía una construcción artificial sobre la supuesta fórmula ideal de estructurar la convivencia.

De esta observación se derivan dos conclusiones que sería una peligrosa locura ignorar. La primera, es que el riesgo proviene de la formulación de la utopía misma. Hay que echarse a temblar cuando aparece un profeta que cree saber cómo les conviene vivir a los seres humanos; alguien que es capaz de diagnosticar sin un asomo de duda los males que nos afligen, y que dice conocer tanto la dirección ``correcta'' de la historia, como los pasos que hay que dar para modificar la esencia de las personas, de manera que se comporten con arreglo a la decencia, la solidaridad y el aprecio por el bien común. Hay que huir como de la peste de los constructores de ``hombres nuevos'' y de los planificadores de ``paraísos'', pues esos experimentos sociales de los ``ingenieros políticos'' invariablemente terminan en los paredones y los cementerios. La segunda conclusión es una advertencia pesimista. No es prudente creer en la bondad intrínseca de las personas. Esa virtuosa criatura que tiembla de emoción ante el dolor ajeno, que se quita el pan de la boca para ayudar a un menesteroso, que a veces se juega la vida para combatir una injusticia previa, una vez metida dentro del engranaje totalitario y dotada de autoridad y de una causa sagrada, le da un tiro en la nuca a una huérfana ciega, o justifica que otro se lo dé, si cree que con ese acto contribuye a la salvación de sus ideales. ¿O es que alguien cree que Mao, Tito, Stalin, Castro, Daniel Ortega o Menjistu (y lo mismo puede decirse de Hitler o de Mussolini) eran unos asesinos depravados que disfrutaban con el daño que les infligían a sus compatriotas? Por supuestoque no: eran --o son, los que están vivos-- los prisioneros de una ideología que ha trastocado el orden natural de sus valores. Para ellos los seres humanos no valen nada. Lo que vale es la Historia, así con mayúscula.

La publicación de este libro ha abierto de nuevo el debate en Europa. Para cierta izquierda encallecida, todavía es válido el obsceno dictum de Sartre de 1952: ``todo anticomunista es un perro''. Yo no lo creo. Ser anticomunista, como ser antinazi, es una expresión de la sensibilidad y de la inteligencia. Por el contrario, declararse, como tanta gente, ``no ser antinada'', es volverse cómplice de los criminales. Ser anticomunista es la muestra de que somos capaces de aprender de la experiencia para no repetir errores pasados.

Museos del totalitarismo

Más aún: de la misma manera que los judíos, con una inmensa sabiduría, han creado sus dramáticos Museos del Holocausto, para tratar de impedir que se repitan los progromos y matanzas del pasado, lo razonable es instalar en cada ciudad museos del totalitarismo, con dos alas bien iluminadas: una dedicada al comunismo, y la otra a las diversas expresiones del nazi-fascismo. Y allí habría que llevar a los escolares para darles clases muy bien documentadas sobre lo que ocurre en las sociedades cuando los hombres deciden que son portadores de la fórmula definitiva para lograr la felicidad. Por ahora, esos hombres, en menos de un siglo, han dejado un reguero de 100 millones de cadáveres.

Firmas Press

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