Tres Reyes olvidados
Cuenta la prensa y me cuentan algunas voces de la isla, que muchos
cubanos se han quedado como barcos sin rumbo ante la súbita
reaparición de la fiesta de Navidad en su ámbito. Parece ser
que esos sectores de la población, especialmente los más
jóvenes, a quienes desde hace años se les privó de
toda refencia al cristianismo, no aciertan a comprender el sentido de esa
fiesta, ni la asocian con los tradicionales símbolos de tal
religión. No saben ellos lo que significan la Virgen María y
José arrodillados frente a un pobre pesebre donde irradia luz un
niño, ni quienes son esos tres hombres, lujosamente vestidos, que
se inclinan respetuosamente ante la criatura, ofreciendole regalos.
Aunque cierto estoy de que esa patética amnesia colectiva,
impuesta por el ateísmo oficial, desaparecerá cuando muera
el totalitarismo mandante, y que muy pronto el caudal de una fe que ha
perdurado por siglos llenará los espacios físicos y
anímicos de hoy, la noticia me resultó melancólica.
Inevitablemente, me deslicé hacia las brumosas escenas de mi
primera infancia, cuando, allá en Cárdenas, pueblo siempre
grato a mis recuerdos, mi madre desempolvaba las viejas figuritas y
organizaba, como en un pequeño teatro, el escenario del primer gran
drama del cristianismo. Como casi todos los niños, en casi todos
los pueblos, mi preferencia se inclinaba a esos Tres Reyes Magos que, tal
como ya había aprendido, eran los precursores y los portadores de
juguetes.
Con el paso de los años, llegó para mí la época de explorar ideas y argumentos, y de sentir un creciente escepticismo sobre los puntos básicos de la fe religiosa. Pero aún cuando tales ideas se me hicieron respetables; cuando me llegó la hora de leer y escuchar a los marxistas; y mi posición parecía inclinarse a un perenne dudar y un perenne buscar; aún entonces, confieso que no entendía, ni aún entiendo, por qué el fanatismo antireligioso; por qué el censurar y, sobre todo, el prohibir que los seres humanos aquilaten las más diversas opiniones y elijan, con entera libertad, si quieren seguir creyendo e inhalando +``el opio del pueblo'' o si se sienten convencidos por la incredulidad.
En definitiva ¿qué se gana con prohibir y perseguir a la religión?. Si algo enseña la historia es que las verdaderas convicciones, las que hacen que los seres humanos desafíen los mayores riesgos y se enfrenten a la muerte, trátese de la fe religiosa, el amor a la libertad, o la devoción a la patria, sobreviven a las más tenaces persecuciones. Es posible que los marxistas hayan valorado tales factores y decidieran que a la religión, y especialmente a la Iglesia Católica, sólo se la podía aniquilar creando una estructura clerical similar pero contraria. Así Marx se convirtió en Dios, Lenin en su Profeta y el partido en una iglesia infalible, capaz de premiar a los fieles y aplastar a los infieles, bajo la promesa de alcanzar un paraíso aquí en la tierra. Como sabemos, el esfuerzo terminó en un colosal fracaso.
Las causas de ese fracaso de la iglesia marxista son numerosísimas, pero vale aquí mencionar uno. La Iglesia Católica predica el amor, el perdón, y ofrece una esperanza de saltar sobre la muerte hacia la inmortalidad. La iglesia marxista se basaba en fomentar el odio y resumía su credo en obtener ventajas en esta vida para crear un paraíso terrenal. Asi fue como, cuando el partido se volvió una burocracia del poder y las promesas de mejores condiciones existenciales se ahogaron ante la dura realidad de una perenne pobreza colectiva, el Estado no tuvo mas camino que proclamar el triunfo de la mentira y aniquilar a quienes trataban de decir la verdad. La parálisis de la maquinaria estatal fue el más desastroso resultado del sistema soviético y es el más visible problema de la crisis cubana.
Por eso mismo, parece que se acercan tiempos de cambios en Cuba. A lo mejor pronto, esos cubanos que no han conocido el calor y la alegría de las Pascuas, que no han tenido la oportunidad de bañarse en la esperanza que derramó sobre el mundo ese niño que nació en un pesebre en Nazareth; que no pueden reconocer a esos tres reyes que viajaron largos caminos, orientados por una estrella, para brindar presentes de amor a esa iluminada criatura, aprendan el íntimo sentido de los símbolos cristianos. Quien sabe si los tres Reyes Magos de los Evangelios, a quienes llamamos Melchor, Gaspar y Balthasar, pero cuyo cuyo origen y destino no conocemos, vuelvan a adornar los hogares cubanos, trayendo para ellos su mejor regalo: la esperanza.
Copyright © 1997 El Nuevo Herald