EXHORTACION POST-SINODAL "ECCLESIA IN AMERICA"
CIUDAD DEL VATICANO, 23 ENE 1999 (VIS).-La Exhortación Apostólica Post-sinodal "Ecclesia in America", del Papa Juan Pablo II, firmada y fechada ayer en la Nunciatura de Ciudad de México, fue formalmente presentada a los obispos y al pueblo del continente durante la Misa de esta mañana en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, como conclusión del Sínodo para América.
El documento "Iglesia en América", de 140 páginas, fue publicado en español, inglés, francés, portugués, italiano y latín. Está dividido en una introducción, seis capítulos y una conclusión.
En la Introducción, el Santo Padre recuerda el itinerario de la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar en el Vaticano del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997. Señala que propuso este sínodo en la IV Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, en 1992, y en la carta apostólica "Tertio millennio adveniente", de 1994.
Escribe que tanto el pasado -la evangelización de América, de la que ya se ha cumplido el V centenario- como el futuro -la nueva evangelización del tercer milenio- proporcionan el marco de esta asamblea. Recuerda el tema tratado en el Sínodo, "Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América", así como la "experiencia de encuentro" que ha supuesto.
También subraya la unidad del continente hablando de "América" en singular: "Quise que la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos dedicara sus reflexiones a América como una realidad única. (...) Quería expresar no solo la unidad ya existente bajo ciertos aspectos", sino también su identidad cristiana común.
El capítulo I se titula "El encuentro con Jesucristo vivo". Aquí, el Papa se refiere a "Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento", "Encuentros personales y encuentros comunitarios", "El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia", "Por medio de María Encontramos a Jesús", y "Lugares de encuentro con Cristo".
En la sección sobre María, a la que llama "portavoz de la voluntad del Hijo", el Santo Padre habla sobre la aparición de la Virgen a Juan Diego en 1531, que dio origen a la ahora centenaria devoción a la Virgen de Guadalupe. Y escribe: "Acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales de que el día 12 de diciembre se celebre en todo el continente la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América".
Para concluir el primer capítulo, el Papa se refiere a los "Lugares de encuentro con Cristo". Estos lugares, dice, incluyen la Escritura, la liturgia, especialmente el sacramento de la Eucaristía, y nuestro encuentro con Cristo en "las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica".
En el capítulo II, "El encuentro con Jesucristo en el hoy de América", el Papa traza la situación de los hombres y mujeres de América y su encuentro con el Señor, la identidad cristiana de América, y los frutos de santidad que se manifiestan en los muchos santos del continente. Escribe: "Considero muy oportuna la propuesta de los Padres sinodales de preparar 'una colección de breves biografías de los Santos y Beatos americanos. Esto puede iluminar y estimular en América la respuesta a la vocación universal a la santidad'".
En este mismo capítulo, Juan Pablo II también se detiene en otros temas, entre ellos algunos problemas del continente, que trata con mayor amplitud en el capítulo V, "Camino para la solidaridad", proponiendo soluciones.
Entre estos temas están la piedad popular, la presencia de católicos orientales, la Iglesia en los campos de la educación y la acción social, el creciente respeto a los derechos humanos, el fenómeno de la globalización, la creciente urbanización, la cuestión ecológica, el peso de la deuda externa, la corrupción y el comercio de droga.
En la parte dedicada a los derechos humanos, Juan Pablo II afirma: "En el ámbito civil, pero con implicaciones morales inmediatas, debe señalarse que entre los aspectos positivos de la América actual está la creciente implantación en todo el Continente de sistemas políticos democráticos y la progresiva reducción de regímenes dictatoriales. (...) El Estado de Derecho es la condición necesaria para establecer una verdadera democracia. Por otra parte, la existencia de un Estado de Derecho implica en los ciudadanos y, más aún, en la clase dirigente el convencimiento de que la libertad no puede estar desvinculada de la verdad. (...) Los derechos fundamentales de la persona humana están inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto, exigen su observancia y aceptación universal".
En el tercer capítulo, "Camino de Conversión", el Papa examina la urgencia de la llamada a la conversión, su dimensión social, la necesidad de que la conversión sea permanente y de que los fieles se dejen guiar por el Espíritu Santo hacia un nuevo estilo de vida. También se refiere a la vocación universal a la santidad, a Jesús único camino para la santidad, y a la penitencia y reconciliación. A este respecto, reitera la petición de los Padres sinodales de que "los sacerdotes dediquen el tiempo debido a la celebración del sacramento de la Penitencia, y que inviten insistente y vigorosamente a los fieles para que lo reciban".
Sobre la dimensión social de la conversión, Juan Pablo II escribe: "Es de suma importancia, sobre todo en una sociedad pluralista, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia, y distinguir claramente entre las acciones que los fieles, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, (...) y las acciones que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión con sus Pastores. La Iglesia (...) no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno".
"Camino para la Comunión" es el título del capítulo IV. Está dividido en secciones dedicadas a: la Iglesia, sacramento de comunión; bautismo y comunión; los Obispos, promotores de comunión; la comunión entre las Iglesias particulares y comunión fraterna con las Iglesias católicas orientales; el sacerdocio, la vida consagrada y el diaconado permanente; la promoción de vocaciones; los fieles laicos; la mujer; los desafíos a la familia cristiana; niños y jóvenes; y relaciones con otras Iglesias Cristianas, con las comunidades judías, y con las religiones no cristianas.
El Papa insiste en "las riquezas de una comunión que se extiende más allá de los límites de cada Conferencia Episcopal", y afirma que será oportuno "definir con exactitud el carácter" de las reuniones interamericanas y "crear comisiones específicas para profundizar los temas comunes que afectan a toda América".
Sobre el papel de los laicos, afirma que "la renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. (...) En un Continente en el que aparecen la emulación y la propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y la corrupción, los laicos están llamados a encarnar valores profundamente evangélicos como la misericordia, el perdón, la honradez, la transparencia de corazón y la paciencia en las condiciones difíciles. (...) Muchos laicos en América sienten el legítimo deseo de aportar sus talentos y carismas a la 'construcción de la comunidad eclesial como delegados de la Palabra, catequistas, visitadores de enfermos o de encarcelados, animadores de grupos etc'. Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que la Iglesia reconozca algunas de estas tareas como ministerios laicales, fundados en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, dejando a salvo el carácter específico de los ministerios propios del sacramento del Orden. Se trata de un tema vasto y complejo para cuyo estudio constituí, hace ya algún tiempo, una Comisión especial".
En la parte dedicada a "Acompañar al niño en su encuentro con Cristo", el Santo Padre subraya que "los Padres sinodales lamentan y condenan la condición dolorosa de muchos niños en toda América, privados de la dignidad y la inocencia e incluso la vida. (...) Especial mención se hizo de la problemática del abuso sexual de los niños y de la prostitución infantil".
El capítulo V, "Camino para la Solidaridad", se centra en la solidaridad como fruto de la comunión y la doctrina social de la Iglesia ante: la globalización de la solidaridad, los derechos humanos, el amor preferencial por los pobres y marginados, la deuda externa, la lucha contra la corrupción, el problema de la droga, la carrera de armamentos, la cultura de la muerte y la sociedad dominada por los poderosos, la discriminación contra los pueblos indígenas y los americanos de origen africano, y la cuestión de los inmigrados.
Para difundir la doctrina social de la Iglesia, el Santo Padre escribe que "sería muy útil un compendio o síntesis autorizada de la doctrina social católica, incluso un 'catecismo', que muestre la relación existente entre ella y la nueva evangelización".
Una parte de este capítulo está dedicada a "los pecados sociales que claman al cielo. (...) Entre estos pecados se deben recordar 'el comercio de drogas, el blanqueo de las ganancias ilícitas, la corrupción en cualquier ambiente, el terror de la violencia, el armamentismo, la discriminación racial, las desigualdades entre los grupos sociales, la irrazonable destrucción de la naturaleza'. Estos pecados manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. (...) La mejor respuesta a esta dramática situación es la promoción de la solidaridad y de la paz, que hagan efectivamente realidad la justicia. (...) Se ha de alentar y ayudar a aquellos que son ejemplo de honradez en la administración del erario público y de la justicia".
Sobre la deuda externa, Juan Pablo II afirma: "Reitero mi deseo, hecho proprio por los Padres sinodales, de que el Pontificio Consejo 'Justicia y Paz', junto con otros organismos competentes, como es la sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado, 'busque, en el estudio y el diálogo con representantes del Primer Mundo y con responsables del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, vías de solución para el problema de la deuda externa y normas que impidan la repetición de tales situaciones con ocasión de futuros préstamos".
Este capítulo contiene también una fuerte defensa de la vida y un rechazo de la pena de muerte, el aborto, el suicidio asistido y la eutanasia.
El último capítulo se titula "La misión de la Iglesia hoy en América: la nueva evangelización". La Iglesia en América, afirma el Papa, "debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre". En el mismo se subraya la importancia de la catequesis y la necesidad de evangelizar la cultura y los centros educativos. Sobre la evangelización a través de los medios de comunicación social, el Papa recuerda que los Padres sinodales "indicaron numerosas iniciativas concretas para una presencia eficaz del Evangelio en el mundo de comunicación social".
En el capítulo VI se trata también del desafío de las sectas y afirma al respecto: "Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos religiosos en América no pueden contemplarse con indiferencia. Exigen de la Iglesia en este Continente un profundo estudio, que se ha de realizar en cada nación y también a nivel internacional, para descubrir los motivos por los que no pocos católicos abandonan la Iglesia. (...) Para ello es necesario que los fieles pasen de una fe rutinaria, quizás mantenida sólo por el ambiente, a una fe consciente vivida personalmente".
En la Conclusión, el Papa Juan Pablo II expresa "esperanza y gratitud", y
termina con una Oración a Jesucristo por las familias de América.
EXHOR/IGLESIA EN AMERICA/... VIS 990125 (1890)