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Belén... Reflexiones

Frédéric Manns, ofm


"La casa del pan". Tal es según San Jerónimo la etimología de este nombre. En un villorrio ignorado, lejos de las agitaciones imperiales de la fortaleza situada no muy lejos de allí y conocida por el nombre de Herodion, fuera del palacio de los grandes, apareció un niño que en la fragilidad de su venida puso fin a la inquieta espera de Israel. Del tronco de Jesé, brotó una flor.

Jesús no es el hombre divino que la mitología griega celebró en busca de sabiduría. No es tampoco el símbolo de la humanidad exaltado hasta el punto de convertirse en Dios, Es el mismo Dios que se hace hombre. El escándalo cristiano de la humanización de Dios, su kénosis, su humildad.

El mensaje de un Dios que se humilla se contiene ya en el evangelio de la infancia. Mientras que el Evangelio de San Marcos se abre a través de la predicación del Reino de Dios, Mateo y Lucas han sentido la necesidad de insistir sobre el misterio de la encarnación de Dios. El Dios que se hace hombre vine a cumplir las Escrituras de Israel: -"Si tu pudieras abrir los cielos y descender". Un Dios que comparte la condición del hombre, que sufre con su pueblo, que interviene para liberarlo, he aquí una novedad sorprendente.

La Biblia había celebrado la eficacia de la Palabra que fue el instrumento de la creación del mundo.

"Por su Palabra, los cielos fueron creados". Esta Palabra no es otra cosa que la Sabiduría de Dios. Ben Sirá llegó a esta conclusión después de largas meditaciones. El Nuevo Testamento que es el complemento del Antiguo superándole, afirma en el prólogo del Evangelio de San Juan: -" El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". La Palabra se convierte en una persona en la cual se manifiesta la gloria de Dios. Belén, la ciudad de David, acoge este mensaje revelado no a los grandes sino a los pequeños. La Sabiduría levantó su tienda en medio de los hombres. Dios se revela como el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Los Padres de la Iglesia impresionado por tal novedad quisieron poner música a esta partitura. Una noticia de tal envergadura no puede ser sino cantada, porque alegra los corazones. Abre las puertas a una esperanza ilimitada. Ireneo de Lyón, heredero de la tradición de Juan, celebra la novedad absoluta de la Encarnación. Dios lo convierte todo en nuevo. El nacimiento del Verbo convierte en cenizas todo lo antiguo del mundo. Todo lo viejo y usado desaparece ante el nacimiento de Jesús. El que proviene de Dios, trae consigo todo lo nuevo. "Cielos nuevos, tierra nueva", había anunciado el profeta Isaías. Esto quiere decir que el nacimiento del Niño de Belén comporta una dimensión cósmica. Toda la creación espera la liberación, porque toda ella ha sido esclava del pecado.

Al encarnarse, la Palabra de Dios se convierte en lo que nosotros somos para transformarnos en lo que ella es. La tierra se transforma en cielo en el momento de la Encarnación por aquel mismo que se convierte en el " trabajador de Dios", según la expresión de San Clemente de Alejandría. Dios se hace hombre para que el hombre se convierta en Dios, repetirán los Padres de la Iglesia. Se hizo pobre para enriquecernos. Se hizo pequeño para que nosotros creciéramos.

La Encarnación del Hijo de Dios significa la vocación del hombre a ser divinizado. Hijos de Dios, lo somos realmente, afirma San Juan en su primera Carta. Reconocer esta dignidad es renunciar a proclamar la absurdidad de este mundo. La condición humana ha sido de tal modo ennoblecida que una centella divina brilla en cada criatura. El Espíritu de Dios que cubrió a María de su sombra, es capaz también hoy de repetir el mismo milagro. Los maestros espirituales, meditando el misterio del Verbo Encarnado, han hablado con frecuencia del Verbo empequeñecido. La amplia palabra del Antiguo Testamento que ha inspirado a numerosos profetas se ha empequeñecido en el Niño que nace en Belén. Y esta palabra pide nacer también en el corazón de los creyentes. San Francisco advierte al predicador que debe hablar con brevedad de palabra porque Cristo es la palabra breve del Padre, aquella que resume la Ley y los Profetas.

Cristo, palabra breve, resume se enseñanza a un solo mandamiento: el del amor. Conviene que el predicador centre su tema en este mandamiento esencial.

Navidad evoca un triple nacimiento: El del Hijo único engendrado por el Padre celeste en la esencia divina; el segundo es el que lleva a cabo una madre que en su fecundidad guarda la absoluta pureza de su castidad; el tercero es aquel por el que Dios nace en el corazón de cada uno de los que le reciben. Quiere decir que la sinfonía de Belén sigue siendo una sinfonía inacabada hasta el momento en que el corazón de los hombre deje de permanecer cerrado.

La Palabra que se encarna pide deshacerse de todo aquello que es desencarnado, estrecho, acortado.

Ella no es simplemente un objeto de estudio o de investigación intelectual. Habiéndose convertido en una Persona, exige adoración, comprensión y respeto. Profundizar en este misterio, es dilatar el corazón y la mirada para evitar replegarse en una situación indecisa ante las posibilidades maravillosas de nuestro mundo.

Recordar la Encarnación en el principio mismo de los Evangelios habla mucho en favor del pensamiento cristiano. El Hijo de Dios que comparte la condición humana es el nuevo Adán, es quien se realiza plenamente la vocación del hombre. Es la Sabiduría de Dios anunciada en el Antiguo Testamento la que coloca su morada entre los hombres. Es el Emmanuel que sufre y se alegra con la Humanidad y quien la lleva al Padre. Dios se presentó entre nosotros de tal manera que ya no le es posible, sin el mundo y sin el hombre, volver a encontrar la magnificencia de su gloria. A partir de Navidad, todo se encamina bajo el empuje del amor hacia el Rostro del Padre. El tiempo está ya englobado en la eternidad, porque la eternidad se ha unido al tiempo. La oscuridad del mundo se convierte paulatinamente en claridad.

El Hijo de Dios, cuando se convierte en hijo de la tierra se deja contener en un punto del espacio y del tiempo. Más aún: se deja condicionar por una lengua y una cultura. En realidad, es El quien contiene el universo. El no quiere apropiarse a través de su cuerpo el mundo como una presa sino que le convierte en un cuerpo único, carne cósmica, y eucarística. En EL el mundo adquiere corporeidad espiritual, es vivificado por el Espíritu. El esconde su corporeidad luminosa en nuestra corporeidad doliente a fin que sobre la cruz todo quede iluminado: no solamente el universo, sino también todo el esfuerzo del hombre para transformarlo.

El judaísmo y el Islam rechazan la encarnación del Hijo de Dios por razón de la trascendencia de Dios. Un Dios que no puede mezclarse con su criatura a riego de perder su divinidad, afirman. El cristianismo afirma que Dios ama a los hombres hasta tal punto de convertirse en uno de ellos. La Encarnación no es una humillación de la razón del hombre sino el reconocimiento de la verdadera dignidad del hombre. Orígenes, en su comentario al Evangelio de San Mateo, 14,7 subraya que el cuerpo de Cristo no es algo que permanezca al lado de la Iglesia, que es su cuerpo. Dios no los ha unido como a dos, sino en una sola carne, prohibiendo que el hombre separe la Iglesia y Dios. De una manera invisible, el misterio de la Encarnación se prolonga en la Iglesia.

La vida que Dios nos ha dado es una irradiación de su amor trinitario. El fin de la Encarnación del Hijo de Dios ha sido el de hacer posible la comunión de Dios con los hombres.

Un Dios que no fuera Trinidad no sería un Dios que comparte. Ahora bien, este compartir comienza para nosotros en Navidad y significa la salvación. Festejar la Navidad quiere decir festejarse también a si mismo en el encuentro con Jesús eucarístico que es la casa del pan de vida. Se trata también de preparar la humanidad para el futuro encuentro cuando vuelva revestido de su gloria de Hijo de Dios.

No lejos de Belén, en el campo palestino de Deheyshe, el Papa saludando a los refugiados que desde el ya lejano año de 1948 conocen una situación precaria, manifiesta su homenaje a la dignidad del hombre.

Los refugiados del mundo entero conocen una condición difícil y fue la misma que experimentó la Sda. Familia cuando tuvo que huir a Egipto temerosa de la furia de Herodes. Es urgente para los cristianos poder descifrar los signos de otro mundo que comience a germinar en el que vivimos.

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Created / Updated Wednesday, December 19, 2001 at 18:15:59 by John Abela ofm
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