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LA LITURGIA DE NAVIDAD EN BELÉN


  
Los lugares relativos a la Natividad del Señor han sido, desde los primeros tiempos del cristianismo, espacio de celebración memorial.


LA FIESTA DE EPIFANIA
  
Las primeras fuentes litúrgicas (Itinerario de la peregrina española Egeria y el Leccionario Armenio de Jerusalén, que transmiten usos litúrgicos de los siglos IV-V) nos dan noticias de la celebración de la fiesta de Epifanía.
La fiesta de Epifanía coincidía entonces con el inicio del año litúrgico que se inauguraba con una celebración el día 5 de enero hacia las cuatro de la tarde en el Lugar de los Pastores no lejano a Belén. Se empezaba cantando el salmo 22 que dice: "El Señor es mi pastor: nada me falta". Seguía el aleluya: "Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño" (Sal 79,1). Estos cantos preparaban el ambiente a la proclamación del Evangelio de san Lucas (2,8-20) con el que se celebraba el anuncio de la Buena Nueva del Ángel del Señor a los pastores, el himno de Gloria y Paz del coro de los Ángeles, la ida de apresurada y gozosa de los Pastores al lugar del Nacimiento y su regreso al Campo, que la tradición no ha dejado de llamar Ovil o Campo de los Pastores, precisamente por estos acontecimientos. Al Evangelio seguían once lecturas del Antiguo Testamento, que demostraban cómo la Providencia divina había preparado y dado a conocer con antelación la venida del Mesías. Los fieles contemplaban el Plan de Salvación y se disponían a celebrar el misterio de Navidad.
Después de este diálogo familiar del pueblo congregado con la Palabra de Dios se pasaba a la celebración de la Eucaristía cantando el cántico de Daniel (3,52a-90), se leía a su tiempo el Evangelio de san Mateo (2,1-12) con el cual se recordaba la peregrinación de los Magos venidos de Oriente a adorar al recién nacido Rey de los judíos, su encuentro con Herodes, el seguimiento de la Estrella, la adoración y ofrenda de dones y el regreso por otro camino a su país.
Esta reunión vespertina era celebrada juntamente por las comunidades de Belén y de Jerusalén. Pero una vez terminada, el obispo de Jerusalén volvía con los suyos pues tenía que celebrar la liturgia en la Ciudad Santa. Los de Belén, en particular clero y monjes continuaban en vela en la Basílica de la Natividad o de Santa María hasta el alba cantando himnos y antífonas.
Al día siguiente, fiesta de Epifanía, la Comunidad de Jerusalén leía durante la eucaristía, celebrada en la iglesia catedral del Martyrium, el Evangelio de san Mateo (1,18-25) que narra cómo sucedió el nacimiento del Emmanuel, Dios con nosotros. El mismo Evangelio se leía, con toda probabilidad, en el lugar del Nacimiento del Señor.
Durante los ocho días que duraba la celebración de Epifanía las dos ciudades vecinas experimentaban igual alegría y se vestían de inigualable esplendor. Los paramentos del clero lucían bordados de oro y seda, los edificios eran cubiertos por suntuosos cortinajes y la iluminación de antorchas y lámparas de todo tipo iluminaban las vigilias festivas que saludaban el nacimiento del Señor de la Luz. El, Sol de Oriente, se manifestaba a todo el mundo como gozoso pregonero del Alba.


LA FIESTA DE NAVIDAD EL 25 DE DICIEMBRE
  
En estos tiempos la fiesta de Epifanía, que incluía el doble misterio del Nacimiento y Manifestación del Señor a las gentes, se celebraba el 6 de enero como manifiesta el Leccionario Armenio (y a los cuarenta días la presentación de Jesús en el templo). Pero, entrado el siglo V, esta fiesta se anticipó cuando el obispo Juvenal (421-452) de Jerusalén, siguiendo el uso litúrgico de otras iglesias, introdujo la fiesta de Navidad el veinticinco de diciembre. Esta innovación encontró resistencia en Jerusalén pues muerto Juvenal deja de celebrarse la Navidad el veinticinco de diciembre y vuelve a festejarse Santiago, obispo de Jerusalén, al rey David, como era costumbre y lo atestigua el Leccionario Armenio. Hay que esperar hacia el 567/8 a que surtieran efecto la carta del emperador Justiniano (561) sobre las fiestas de la Anunciación y Navidad a los responsables de la Iglesia de Jerusalén y el edicto del emperador Justino II (564/5) para ver establecida en Jerusalén la fiesta de Navidad el 25 de diciembre de un modo definitivo como atestigua el Leccionario Georgiano de Jerusalén (de los siglos V-VIII). Según este documento litúrgico a la hora sexta del día veinticuatro, esto es, a las doce del mediodía, la comunidad de Jerusalén se encaminaba al Ovil o Campo de los Pastores. En esta estación litúrgica se leía el Evangelio del anuncio del Ángel a los Pastores, la ida apresurada de estos a Belén, la adoración del Niño y su vuelta al Campo (Lc 2,8-20). Inmediatamente después la Comunidad, emulando a los Pastores, se dirigía a la Ciudad de David y atravesando la pequeña llanura y subiendo el montículo donde estaba situada la ciudad entraba en la Gruta de la Natividad y hacía el oficio vespertino con la lectura del Nacimiento de Jesús según el Evangelio de san Mateo (1,18-25).
A media noche se celebraba una vigilia con salmos, lecturas bíblicas y cánticos cuyo vértice era el Evangelio de san Lucas (2,1-7) que narra también el Nacimiento de Jesús, cómo fue envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Hacia el alba, se celebraba la divina Liturgia o Eucaristía. El alba era saludada con el Evangelio de la Epifanía o Manifestación a las gentes; se leía el Evangelio de san Mateo (2,1-23) que conmemora la Visita de los Magos, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes y la vuelta de Egipto.


EL BAUTISMO DEL SEÑOR
  
El mismo Leccionario Georgiano señala la fiesta de Epifanía el seis de enero que iniciaba la víspera a la hora nona o tres de la tarde. Como el seis de enero conmemoraba el Bautismo del Señor la Comunidad de Jerusalén no va a Belén. Y es que la fiesta de Epifanía entonces se centraba en la memoria de la predicación de Juan el Bautista, el Bautismo del Señor y la bajada del Espíritu sobre Éste según los evangelios que se leían (Lc 3,1-18; Mc 1,1-11; Jn 1,1-28 y Mt 3,1-17). El acontecimiento salvífico del Bautismo encontraba expresión ritual en la bendición del agua que se efectuaba la víspera de la fiesta fuera de la Iglesia del Martyrium, después de la sinaxis vespertina aquí celebrada.
El peregrino de Piaccenza de finales del siglo VI habla de esta bendición en el rio Jordán donde muchos eran bautizados en esta circunstancia. Además, el Calendario Palestino-Georgiano del siglo X dice que el día de Epifanía se celebraba la gran sinaxis eucarística en la iglesia de san Juan Bautista junto al Jordán.


LOS ESPACIOS DE LAS CELEBRACIONES
  
Como se ha podido comprobar la iglesia local de Jerusalén ha querido con-servar vivos los lugares betlemitas donde acontecieron los hechos relacionados con el Nacimiento de nuestro Salvador actualizando dichos acontecimientos mediante la celebración litúrgica y ello por ser fiel al espíritu genuino de la li-turgia de Jerusalén de ser adecuada al día y al lugar.
La Oda anacreóntica 19 de san Sofronio, patriarca de Jerusalén (634-638), habla de los lugares en relación a los acontecimientos evangélicos celebrados en la liturgia, los mismos que aún son venerados actualmente: la Basílica que acoge la Gruta del Nacimiento del Salvador, en la misma Gruta la lastra "perfumada" donde hoy vemos la Estrella, el Pesebre donde fue recostado el Señor y las tumbas de los santos Inocentes. A estos hay que añadir el Campo de los Pastores y la Gruta de la leche en relación con el Evangelio de la huída a Egipto. En tiempos sucesivos se veneraron otros lugares subterráneos como la celda y la tumba de san Jerónimo cercanos a la gruta de la Natividad.
Estos lugares han sido y siguen siendo objeto de peregrinación de los cristianos provenientes de todo el mundo. Tal peregrinación comportaba siempre una liturgia digamos ocasional, además de la anual, que ha sido diversa durante la historia, pero siempre apta al lugar ya desde el siglo IV. Al aspecto religioso no puede disociársele el lado cultural o informativo, es decir que el peregrino era introducido en el conocimiento de los lugares a la par que en la vivencia directa con el misterio de Cristo. Este fué el ideal del clero religioso antiguo que vivía al cuidado de los santuarios y lo es del franciscano que desde tiempos de san Francisco hasta ahora ha tratado de hacer posible el encuentro salvífico en estos lugares al clero y a los fieles de la Iglesia católica particularmente.


CONCLUSIÓN
  
En conclusión puede decirse que los lugares memoriales relacionados con el nacimiento de nuestro Salvador han motivado una liturgia local siempre en consonancia con el misterio celebrado en el ámbito del año litúrgico en cuya creación han influido sin duda. Cuando por circunstancias ajenas al querer de la comunidad local cambió la fisonomía del año litúrgico en relación al tiempo y al espacio, en estrecha relación con el "recuerdo" salvífico, la liturgia de Jerusalén supo adaptarse optando por otras formas de expresión siempre adecuadas al misterio celebrado como cuando fue introducida la fiesta de Navidad el 25 de diciembre.

Enrique Bermejo Cabrera ofm


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Created / Updated Wednesday, December 21, 2004 at 18:14:30 by John Abela & E. Alliata
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