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SEMANA SANTA


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Domingo de Palmas
23 de marzo de 1997
Evangelio procesional: Sn. Mc 11, 1-10
Isaías 50, 4-7; Salmo 21
Filipenses 2, 6-11; San Marcos 14, 1-- 15, 47

Carísimos hermanos:

Nos preparamos para entrar con Cristo a la Semana más Santa del calendario litúrgico en que celebramos todos los eventos que nos sumergen en la pasión, muerte y sepultura de Nuestro Señor Jesucristo. Al hacerlo también recordamos cómo por su muerte, Él ha transformado nuestra muerte para que por ella podamos entrar a la vida eterna.

La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pasar de su angustia frente a ella (Cf. Sn. Mc. 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (Cf. Rom 5, 19-21) (CIC 1009).

Con la procesión de las palmas con las que comenzamos la Santa Misa del día de hoy, celebramos la entrada de Cristo en Jerusalén para completar su misterio pascual. Nosotros somos fortalecidos para enfrentar nuestra propia muerte cuando acompañamos a nuestro Señor en su vía dolorosa a la Cruz. El Jueves Santo tomaremos parte, a imitación de Jesús, en el lavado de los pies a los apóstoles, los doce hombres escogidos como cimientos de su Iglesia. A ellos Cristo les dio el regalo del sacerdocio cristiano y a través de ellos llega hasta nosotros el memorial perfecto de su sufrimiento y muerte en el Sacrificio Eucarístico. Honraremos el regalo de su Cuerpo y su Sangre en la Solemne procesión Eucarística que seguirá a la liturgia de la Santa Cena y a la adoración que se extenderá hasta la media noche del Jueves.

El Viernes Santo entraremos a contemplar más profundamente la muerte de nuestro Señor por medio de la celebración de la Pasión. Uniendonos a Cristo el Hijo obediente del Padre, nos haremos obedientes a la voluntad de Dios y al final moriremos como verdaderos cristianos. Es conveniente que este día nos confesemos y hagamos penitencia y que adoremos la Santa Cruz en silencio hasta la media noche, contemplando al Hijo glorioso de Dios que reina desde un madero.

El sábado de Gloria nos invita al recogimiento mientras esperamos con ansia la salvación del mundo todavía en las garras de muerte. La fe de los creyentes es probada en el perseverar de su esperanza en el Señor resucitado que vendrá a iluminar a todos los hombres. Este día no se celebra liturgia, porque la Iglesia de Cristo no puede orar sino por medio de Cristo vivo. Nosotros observamos silenciosos la tumba al lado de nuestra Señora y el resto de los fieles quienes no han abandonado a Jesús.

Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor (2 Cr 5, 8). En esta partida (Flp 1,23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos (CIC.1005).
Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia (Flp 1,21). Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él ( 2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ya sacramentalmente muerto con Cristo , para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, para vivir una vida nueva; la muerte física consuma este morir con Cristo y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor (CIC. 1010).

San Leo el Grande nos habla conmovedoramente sobre estos misterios cuando escribió:

La verdadera reverencia por la pasión de Nuestro Señor esta en fijar los ojos de nuestros corazones en Jesús crucificado y en reconocer en el nuestra propia humanidad. La tierra, nuestra naturaleza mortal, deberían estremecerse ante los sufrimientos de nuestro Redentor. Los corazones de piedra de los no creyentes deben explotar en pedazos. Los muertos, prisioneros en sus tumbas de su mortalidad, deben levantarse. La sombra de su futura resurrección debe proyectarse en la ciudad santa, la Iglesia de Dios: Lo que pasará con nuestros cuerpos debería suceder ya en nuestros corazones (Liturgia de las Horas, jueves de la cuarta semana de cuaresma).

Deseando encontrarte nuevamente aquí la próxima semana para que, juntos, "encontremos a Cristo en la liturgia", Padre Cusick

(Publica con permiso.) www.christusrex.org/www1/mcitl/

 

 

 

 


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