Encontremos a Cristo en la Liturgia

CUARESMA, Ciclo B

 

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Miercoles de Ceniza

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Domingo V

 

Miercoles de Ceniza

Joel 2, 12-18; Salmo 51; 2 Cor 5, 20-6,2; San Mateo 6, 1-6. 16-18

(Mk 1:15) (Cf. Acts 2:38) (CCC 1427)

(Mira CIC 1430)

(Ps 51:17; cf. Jn 6:44; 12:32; 1 Jn 4:10) (CCC 1428)

www.christusrex.org/www1/mcitl/


Domingo I

 


Domingo II

 


Domingo III

 

 


Domingo IV

2 Cronicas 36:14-17, 19-23; Salmo 137; Efesios 2: 4-10; San Juan 3: 14-21

Carisimos Hermanos en Cristo:

Algunos hoy dicen:

"La Iglesia me condena."
"No voy a Misa por que el padre me corrió."
"He sido excomulgado."

En los primeros siglos de la Iglesia se usaba un rito de excomunicacion para enseñar que por nuestros pecados nosotros mismos excomulgamos nos automatico de Cristo y su Iglesia, era una llamada a enmendar nuestros errores. Los pecadores publicos, por sus acciones, van a escandalizar a sus demas hermanos y actualmente en fidelidad al Evangelio siguen separados de la Comunion y de las celebraciones publicas de la Iglesia.

Hoy en dia la Santa Madre Iglesia no hace uso del ritual de excomunion pero el lenguaje todavia esta vivo en la boca y pensamiento de algunos. Por sus acciones la Iglesia proclama hoy en dia la verdad de que ella no condena a nadie, por que "en Cristo no hay condenación". En realidad son nuestros pecados los que nos condenan y separan de la Comunion con Cristo Jesus y su Iglesia. En el dia del juicio final si hemos rechazado la gracia santificante, Dios en vez de condenarnos, respetar nuestra decision de apartarnos de el. Nosotros por nuestra propia cuenta daremos la union personal con Cristo y su Iglesia como consecuencia quedamos excomulgados, imposibilitados de recibir la Santa Comunion hasta que estemos dispuestos a reconciliarnos con Dios en el Sacramento de la Confesion, medio instituido por Cristo y confiado a sus apostoles.

Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Dia. (Cf. Dn 7,10; Jl 3-4; Ml 3,19; Mt 3, 7-12) Entonces, se pondran a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. (Cf. Mc 12,38-40; Lc 12,1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2,16; 1 Cor 4:5) Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. (Mt 11,20-24; 12,41-42) La actitud con respecto al projimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. (Mt 5:22; 7: 1-5) Jesus dirá en el ultimo dia: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos mios mas pequeños, a mi me lo hicisteis.' ( Mt 25, 20)." (CIC 678).

Con nuestras oraciones de cuaresma, ayuno y abstinencia tambien debemos practicar ejercicios espirituales y trabajos de misericordia de acuerdo con las Bienaventuranzas, consejo evangelico de nuestro Señor Jesús que hiciera manifiesto que nuestra relacion con el ser  reflejada en la manera en que tratamos a mis hermanos mas pequeños.

"Cristo es el Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como redentor del mundo. 'Adquirio' este derecho por su Cruz. El Padre tambien ha entregado 'todo juicio al Hijo' (Jn 5,22; CF. 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar al mundo sino para salvar y para dar la vida que hay el. (Cf. Jn 3, 17; 5, 26) Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a si mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor. (Cf. Jn 3,18; 12,48; Mt 12, 32; 1 Co 3, 12-15; Hb 6, 4-6; 10, 26-31)" (CIC 679).

El amor al projimo es una labor indispensable para la vida cristiana tanto como la observacion fiel de la vida sacramental, confiada por Cristo a la autoridad de los apostoles que llega hasta nosotros por medio del sacerdocio ministerial.

La Iglesia no puede expresar verdaderamente el amor salvador de Cristo Jesús, a menos que fiel a sus enseñanzas y mandamientos, nos prevenga de la realidad de nuestros pecados. La Iglesia entonces nos enseña que el pecado es capaz de separarnos definitivamente de Dios, pero que Dios nos perdona todas nuestras prevaricaciones tan pronto como humildemente nos acerquemos al Señor recordando sus palabras: Aquellos a quienes les perdoneis los pecados les ser en perdonados, aquellos a quienes se los retuviereis les seran retenidos.

Observemos los preceptos de la Iglesia de confesar nuestros pecados por lo menos una vez al año durante el tiempo de cuaresma en preparación para la pascua.

Deseando encontrarte nuevamente aqui la proxima semana para que juntos "encontremos a Cristo en la liturgia", Padre Cusick
(Publica con permiso.) www.christusrex.org/www1/mcitl/


Domingo V

Jeremías 31, 31-34; Salmo 51; Hebreos 5, 7-9; San Juan 12, 20-33

Carisimos Hermanos en Cristo:

Jesucristo dio mayor honra a su Padre al someterse a la ignominia de la Cruz.

La hora ha llegado en la que el hijo del hombre sea glorificado (Sn. Jn 12,33). Muriendo Jesús destruyó nuestra muerte y resucitando restauró nuestra vida, pero esta obra debe de ser completada en cada uno de nosotros diariamente.

Todos los hombres compartimos en Cristo su gloriosa oblación al deseo del Padre cuando aceptamos la Cruz y la pasión heroica y generosamente en nuestras vidas: En verdad en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo; pero si muere, da mucho fruto (Sn. Juan 12, 24).

A primera vista pareciera que Cristo solamente nos recuerda que nosotros debemos morir como Él va a morir, y nos prepara para aceptar esa muerte. Pero enseguida nos dice: El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para siempre (Sn. Juan 12, 25). Este morir, entonces, debe ser uno que produzca frutos, el deshacernos de los valores de este mundo por los del Reino de los Cielos. Un morir a nosotros mismos diariamente al rechazar miles de pequeñas urgencias y malos deseos. Una entrega generosa a nuestras responsabilidades matrimoniales y de familia con gozo es morir en Cristo, como lo es también el moldear nuestras vidas a la verdad, rechazando el pecado y confesándonos regularmente.

Un esposo encuentra su oportunidad de morir a sí mismo y vivir por Cristo al devotamente asistir a su esposa moribunda hasta el final, nunca contando los esfuerzos, los días y su billetera. En su esposa él ha escogido a Cristo y rechazado su propia vida en este mundo para así poder vivir con Cristo eternamente. De la misma manera la mujer que atiende a su esposo paralítico de una manera heroica viviendo a totalidad sus votos matrimoniales, ha escogido a Cristo y su vida y rechazado el mundo, por que ella confía en el día en que ambos se encontrarán en el Señor para no conocer más el dolor y los sufrimientos, el trabajo y la tentación.

Los padres que incondicionalmente aman a su hijo mongoloide, abiertos a la belleza divina y a la bondad que ese niño ha brindado a ellos en este mundo, mueren a la vida del mundo y desde ya disfrutan de las delicias del cielo en la inocencia de su niño. El que desee compartir por siempre la gloria del amor de Dios entiende que debe rechazar el camino siempre fácil del egoísmo. Así mismo la pareja estéril que decide no manipular el proceso de dar vida a través de medios conceptivos no naturales y se abren al gozo de la adopción verdaderamente rechazan al mundo y honran a Dios por el solo deseo de hacer su voluntad, escogiendo así la salvación como su esperanza mayor sobre otras alternativas buenas que les ofrece la vida.

No estamos solos en nuestra tentación de rechazar nuestras cruces con las que nos asomamos a la vida misma, que sólo soportaremos con paciencia y coraje. Compartimos en el bautismo el regalo de la gracia divina, por la que nos hacemos partícipes en el misterio redentor de la pasión de Cristo como el foco y propósito de nuestras vidas.

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (Cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23), porque su pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: ¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! (Jn 12, 27). El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber? (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz, antes de que todo esté cumplido, dice: 'tengo sed.' ( Jn. 19, 30; 19, 28)" (CIC, 607).

Que nuestras oraciones dejen entrever siempre nuestra sed de hacer la voluntad del Padre y con Cristo Jesús, Señor nuestro, digamos hagase tu voluntad.

Deseando encontrarte nuevamente aquí la próxima semana para que juntos "encontremos a Cristo en la liturgia", Padre Cusick

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