Jesús de Nazaret Dios y Salvador Nuestro

SÉPTIMA PARTE
MANIFESTACIÓN DEL MISTERIO ESCONDIDO EN DIOS

141. Cristo en el tiempo.
Mediante la encarnación del Hijo de Dios, el tiempo es asumido por la
Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Palabra, el Verbo de Dios
eterno y preexistente, se hace carne, nacido de mujer, en un tiempo y un
lugar determinado, por lo cuál la historia del hombre es también historia de
Dios y la muerte del hombre entra también en la experiencia del Hijo de Dios.
Engendrado en el seno del Padre antes de los siglos según la divinidad y, en
los últimos tiempos, por nosotros y por nuestra salvación, en el seno
virginal de María según la humanidad,  Jesucristo es perfecto en su
divinidad  y perfecto en su humanidad.
Verdadero Dios, Jesús afirma de sí mismo: “Antes que existiera Abraham,
existo yo ”. Verdadero hombre, nace, crece, muere y no se multiplica a la
manera humana engendrando algunos hijos, para comunicar su vida divina a
todos: a sus discípulos, a los hijos del Reino su Iglesia y mediante ella a
toda la humanidad , haciendo  participes a todos los hombres de su
redención, de su glorificación y de su filiación divina.


142. La Iglesia es la plenitud de Cristo.
Dios el viviente por excelencia multiplica su sobreabundante vitalidad,
tanto en la creación como en la redención sin perder nada de su inmutable
perfección, belleza  y  felicidad por ello. En el hombre creado a su imagen
y semejanza, y llamado a la amistad divina, Dios había preparado una vía
para su irrupcion personal  en la creación  llevándola a sí  y conduciéndola
a su pleno significado.
La encarnación del Verbo significa la entrada personal de Dios Salvador en
la historia y alcanza su plena realización mediante el misterio Pascual:
Muerte,  resurrección,  ascensión y glorificación del Hijo de Dios hecho
hombre a la diestra del Padre, como primicia de Dios, adelanto de la nueva
creación y prenda de nuestra futura gloria.
Esta victoria por parte de Cristo se hace nuestra, por cuanto nos ha elegido
para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, y en él nos resucitó y
nos hizo sentar en los cielos, como miembros vivos de su cuerpo, que es su
Iglesia;  y mediante ella nos llamó a  extender su salvación  a toda la
humanidad.
La cruz y la resurrección constituyen la batalla decisiva de Dios y la
guerra ya vencida: La resurrección de Jesús es la coronación de la historia.
Con la predicación del Evangelio se extiende a todos los pueblos salvados
por Cristo y en su Celebración Eucarística y su acción sacramental, se hace
visible y eficaz, y hace  presente a Cristo Redentor en todos los lugares y
todos los tiempos para gloria de Dios y salvación a los hombres que no se
nieguen definitivamente a creer en su nombre.


143. Cristo centro del tiempo.
La venida de Cristo es el centro de la historia porque da a la historia su
significado y su valor salvífico. El tiempo es el medio del que Dios se
sirve para encarnarse, y para revelar y regalar su gracia;  los tiempos de
la historia: pasado, presente, y futuro, son tiempos referidos a Jesús.
Con la venida de Cristo comienza la  “etapa final”, la última hora con que
se inicia el tiempo de la Iglesia y que durará hasta la Parusía. La venida
de Cristo, es el centro del tiempo, no porque este en la mitad matemática de
los años anteriores y posteriores a su venida, sino porque todos los
acontecimientos de la historia,  sean anteriores o posteriores, están
referidos a la persona y a la obra de Cristo que introduce su gracia como
elemento primordial de la realización definitiva de la salvación del  hombre
en Dios. 
La historia de nuestra salvación está articulada en un doble movimiento,
primero de contracción, que  mediante la creación de la humanidad y el
llamamiento a un pueblo elegido, llega hasta Cristo y después de expansión,
que a partir de Cristo se extiende mediante la Iglesia a toda la humanidad.
Primero fue el tiempo de preparación a la llegada del Salvador, luego su
glorioso advenimiento, luego la expansión de su Reino mediante su cuerpo que
es la Iglesia. Hoy es ese tiempo precioso de la Iglesia para el hombre, que
va desde la resurrección hasta la segunda gloriosa venida de Cristo.   Más
Jesús es el mismo,  ayer,  hoy  y  siempre.


144. Cristo valor absoluto.
Con su sangre dan testimonio los mártires, de que se puede perder todo hasta
la vida misma por Cristo.  Los sacerdotes de la Iglesia Latina dan
testimonio de que vale la pena renunciar a cualquier cosa, para poder
entregarse todo enteros a su ministerio sacerdotal,  y a pesar de las fallas
y dolorosos fracasos de algunos, y quizá con mayor fuerza  por ellos,
demuestran que tambien son capaces de correr cualquier riesgo por Cristo,
pues fiel es Dios para rescatar de nuevo, a los que, un día, no dudaron de
embregarse totalmente a su servicio.
Los Religiosos abrazando por amor del Reino los Consejos Evangélicos de
pobreza, castidad y obediencia para vivir en comunidad y entregarse como
grupo al servicio, a la oración y al testimonio dentro y fuera de la Iglesia.
Y todos los cristianos que de alguna manera llevan una vida consagrada a
servirle muestran que para ellos el único valor absoluto es la persona misma
de Jesús.
Todos demuestran con su vida y dan testimonio al mundo, ayudados por la
gracia, que Cristo es el único por el cual vale la pena dar hasta la vida
misma , con tal de alcanzarlo.

 
145. Jesús modelo de verdadero amor.
Siendo el Hijo de Dios Vivo, no conservo para si las prerrogativas propias
de su condición divina, sino que se humillo a si mismo tomando la forma de
siervo para compartirlo todo con nosotros, conoció  nuestras dolencias,
cargo con nuestras culpas y dio su vida en precio de nuestro perdón.
Compartió con nosotros nuestras ilusiones y alegrías, nuestras angustias y
sufrimientos y siendo igual a Dios conoció por propia experiencia nuestras
debilidades , se comprometió como nadie en su superación  y con el
establecimiento de un orden justo que hiciera posible el bienestar para todos.
La Iglesia, Imagen completa de su divino salvador, de la cual somos parte
todos los bautizados, encarna en diversos de sus miembros cada uno de estos
diferentes aspectos del amor de Cristo Jesús en favor de los hombres y así
lo hace presente en todos los tiempos completando su obra de salvación
temporal y eterna para todos los que creen en su nombre.


146. El Reino de Dios.
El Dios rico en  misericordia , a quien Jesús nos ha revelado como Padre, es
amoroso y lleno de compasión para con sus hijos pecadores, sensible a los
sufrimientos y las necesidades de todos los hombres, que perdona de verdad y
concede gratuitamente los dones que le pedimos. 
Cristo es la encarnación misma de la misericordia del Padre y de su amor,
que se manifiesta y se da en Jesús  mediante  la  acción  del  Espíritu
Santo. Jesús  en  persona  es “ La Buena Nueva de Dios ”, como el mismo lo
afirma al comienzo de su misión en la sinagoga de Nazaret.
Existe en Cristo plena identidad entre el mensaje y el mensajero,  el ES el
mensaje de Dios que debemos aprender, el ES el mensajero de Dios a quien
debemos escuchar. El Reino ya esta aquí, en el, no se aplaza hasta el fin
remoto del mundo, sino que se hace próximo y comienza a cumplirse, Y esta
abierto para todos los hombres por la fe y la conversión: “El tiempo se ha
cumplido y el Reino esta cerca; convertidos y cread en la Buena Nueva”.


147. Características y exigencias del Reino.
Jesús revela progresivamente las características y exigencias del Reino
mediante sus palabras, sus obras y su persona: El Reino esta destinado a
todos los hombres, dado que todos están llamados a el. 
Jesús lo ofrece señaladamente aquellos a quienes la sociedad ha marginado,
manifestando su inmensa ternura hacia los necesitados y los pecadores,
tratándolos como iguales y amigos y haciéndolos sentirsé amados por Dios.
Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y perdonar. La liberación
y la salvación que Jesús y el  Reino de Dios trae consigo alcanzan a  la
persona humana en sus dos dimensiones: física y espiritual.
El Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza
progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y
a servirse mutuamente.
El Reino de Dios interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo
entero: Es la comunión de todos los seres humanos entre si y con Dios, por
tanto trabajar por el Reino es reconocer y favorecer el dinamismo divino ,
que esta presente en la historia humana , y la transforma.


148. Rey de amor de justicia y de paz.
Cristo Jesús, imagen Purísima del Padre, se ha hecho hombre, asumiendo un
cuerpo y una alma en le seno de la Virgen María, precisamente para esto:
para hacer de si el perfecto sacrificio redentor.
La Cruz de Cristo revela el misterio del amor del Padre y devuelve a la
descendencia de Adán la semejanza divina. Pero en todo ello, cumple
sobretodo la “gloria” de Dios.
Cristo redentor nos llevó a su Reino de amor de justicia y de paz: Nos
justifico por la fe en aquel que le resucito de entre los muertos y le hizo
sentar a la derecha del poder de Dios; Nos dio su mandato de amor semejante
al suyo;   Nos dejo su gozo y su paz y alcanzo para nosotros el amor del
Padre   devolviéndonos  a  la  plenitud  de  la  vida  de  hijos  de  Dios: 
" El que cree en mi, no cree en mi, sino en aquel que me ha enviado y mi
Padre lo amara y vendremos a el y haremos en el nuestra morada."


149. Comunión con Dios.
La salvación se alcanza por la fe en Cristo y en aquel que le ha enviado. El
llamado de Jesús a sus discípulos, implicó de hecho el seguimiento de Jesús
y la comunión cotidiana con él. La vida y la misión de Jesús llegaron a ser
la vida y la misión de los discípulos.
La muerte y resurrección de Cristo constituyeron el sello supremo de esta
comunicación total  que se perpetúa en la historia, no solo por la
predicación de Jesús resucitado y vivo entre nosotros, sino también y
principalmente por el sacramento de la Eucaristía, que realiza el encuentro
personal de cada cristiano con  Jesús  Evangelizador  y  Salvador.
La salvación cristiana alcanza su culmen, cuando llega a ser experiencia
vital de relación con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y  en consecuencia
con todos los cristianos: La copa que bendecidos, ¿no es acaso comunión con
la sangre de Cristo?. Y el pan que partimos, ¿ No es comunión con el cuerpo
de Cristo?. ¿No somos todos un solo pan y un solo cuerpo?. 


150. Necesidad de la Fe en Jesús y en su Iglesia.
Sin la fe es imposible agradar a Dios, pues como ha de acercarse a Dios y
pedirle quien no cree en él.
Jesús nació del pueblo elegido en virtud de la promesa hecha a Abraham y
recordada constantemente por los profetas. En efecto, la economía de todo un
pueblo reservado para Dios en el Antiguo Testamento, está esencialmente
ordenada a preparar y anunciar la venida de Cristo.
En Cristo, Dios ya no habla por medio de su profetas, sino que es Dios mismo
quien habla, en su Verbo Eterno hecho carne en el vientre virginal de María.
Jesucristo es el nuevo comienzo de todo, y  todo retorna en él a su
principio. Con la Encarnación del Verbo, es Dios quien viene en persona a
hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible
alcanzarlo. Por eso la Fe en Dios, está íntimamente ligada a la fe en su
enviado Jesucristo. Y nuestra salvación al reconocimiento de su Obra: su
Reino, la Iglesia y en ella a la intercesión de aquella a quien la gracia ha
hecho después de su Hijo, superior a todos los ángeles y a todos los
hombres, en razón de su misión de madre de Dios y de su asociación a los
misterios de Cristo.    L.G. no. 66.


151. Creer en la Eucaristía.
Nuestros ojos, nuestro tacto, nuestro gusto, nos están dando testimonio de
que la hostia después de consagrada no ha sufrido cambio alguno, y sin
embargo, nuestra fe nos dice: !Este es el cuerpo vivo de Cristo!. Este es el
don más grande de Cristo. En la Eucaristía, no solo recibimos la gracia,
sino al autor mismo de la gracia, Cristo Nuestro Señor.
San Juan en su Evangelio, dedica la mayor parte del capítulo 6 a exponer
como Jesús prometió a los judíos, un año antes de su pasión, darles como pan
del cielo, SU PROPIO CUERPO. Esta es la piedra de toque para distinguir el
cristianismo verdadero del falso: la fe en el misterio de Cristo alimento y
el amor a su Santísima Madre.
Yo soy el pan vivo, que bajó del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para
siempre. El que come mi carne y  bebe mi sangre,  tiene vida eterna y yo lo
resucitaré en el último día. En verdad en verdad os digo, si no coméis la
carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en
vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.
De la misma manera que yo vivo por el Padre, así el que me come, vivirá por
mí.  Préstame Madre a tu hijo para poderlo amar. Préstame madre tus ojos,
para poderlo ver. Préstame Madre tus labios, para poderlo besar.


152. El tiempo es precioso.
El que empezó la buena obra en nosotros, la ira consumando hasta el Día de
nuestro Señor Jesucristo. Haced siempre la voluntad de Dios, y nos se
perderá un solo segundo de vuestra vida en Dios.
¿Señor que quieres que haga?  La vida hecha alabanza a nuestro Dios: por el
perdón, por el amor, por el sacrificio, por la oración:  la mas generosa,
la mas suya, la que mas te lleve a la caridad  con los demás,     a las
virtudes, a imitar a Jesús,  a crecer en su vida divina  y la unión
permanente con Dios.
Por la mañana, por la noche, en todo momento,  como Jesús: En  los  momentos
más  importantes de su vida y de su obra: En el bautismo en el Jordán,
antes de la transfiguración, antes de llamar a los apóstoles, antes de la
resurrección de Lázaro,  antes de su pasión,  en su entrad triunfal en
Jerusalén,  en la última cena,  en el momento de su crucifixión,  en el
momento de su muerte.
Ora al Padre en secreto y con frecuencia solo,  aún cuando  se encuentra con
sus discípulos. Ora por los discípulos,  por los creyentes,  por la fe de
Pedro,  por el envío del Espíritu Santo,  por su propia glorificación,  por
todos los hombres y  principalmente por los que creen en su nombre. 


153. La vivencia salvífica.
Defender a Dios. Confesar a Cristo. Educar a los hijos en el temor y la
comunión con Dios.
Asociados  al misterio salvífico de la muerte y resurrección de Jesús, los
cristianos son conscientes de ser en él “una nueva humanidad”. Libres y
liberadores,  dinámicamente abiertos para superar toda cerrazón y
prevaricación. 
Para vivir el anuncio del Reino como propuesta de paz y fraternidad
universal, de defensa de los derechos de Dios y su obra: De la vida en todos
sus aspectos,  de la naturaleza y del cosmos pero mucho más y con mayor
fuerza de su obra salvadora: Del  Cristo de Dios y de su Iglesia, su derecho
a predicar el Evangelio, y administrar los medios de salvación a los
cristianos y  cuantos están llamados a serlo. 
La vida cristiana en la Iglesia, ofrece no solo la luz y el conocimiento
para  llegar a la conversión, sino que también da la fuerza necesaria para
superar los limites espirituales, morales y físicos que impiden su
realización. Proceso gradual que encuentra su mas alta y eficaz  celebración
en el Bautismo y posteriormente en el perdón sacramental de la absolución.


154. Plenitud del tiempo.
La Encarnación del Hijo de Dios marca la plenitud del tiempo en la historia:
“La plenitud de los tiempos se identifica  con el misterio de la Encarnación
del Verbo, Hijo consustancial al Padre, y con el misterio de la Redención
del mundo”.
La religión hebrea, constituía la preparación próxima par al venida de
Jesús. No obstante el gran dinamismo salvífico del Antigua Testamento tanto
en la historia del pueblo elegido como en sus grandes figuras mediadoras:
Moisés,  reyes, sacerdotes  y  profetas,  fue la Encarnación del Hijo de
Dios, como don gratuito de Dios Trinidad, lo que dio al tiempo su autentica
plenitud salvífica.
La Encarnación es la novedad del cristianismo. Jesús, de hecho, no es un
profeta que habla en nombre de Dios, sino que es Dios mismo que habla y
salva: Es Dios quien viene en Persona a hablar de si al hombre y a mostrarle
el camino por el cual es posible alcanzarlo.


155. Jesús único mediador
El concilio ecuménico Vaticano II ha reafirmado con énfasis que Jesús es el
Salvador único y universal de la humanidad entera. La gracia de Cristo es la
causa constitutiva de la salvación de toda la humanidad, fuera y dentro de
la Iglesia. Toda salvación  disponible en el mundo: Cuanto de bueno hay y de
verdadero fuera del cristianismo ha sido otorgado por Dios a los hombres
para que al fin tengan la vida, pero extrae y encuentra todo su valor
salvífico en el acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesús.
Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre
Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos. El Papa resume afirmando:
Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por
medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya, única y
universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía
establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia.. Todas
las  riquezas espirituales que Dios ha dado en abundancia a todos los
pueblos, no pueden ser separadas de Jesucristo, que esta en el centro del
plan divino de salvación. A veinticinco años de la conclusión del Concilio,
la encíclica Redemptoris Missio (1990) de Juan Pablo II, ha invitado a la
Iglesia a un renovado compromiso misionero: ! Pueblos todos abrid las
puertas a Cristo!


156. El Sacrificio Redentor.
Dios salva al hombre mediante un solo sacrificio, el de su propio Hijo, por
la redención del mundo.
La Sangre Preciosa de nuestro Señor Jesucristo alcanza el perdón de todos
los pecados y establece una Nueva alianza sin fin, en la que el hombre queda
definitivamente reconciliado con Dios.
Un solo sacrificio que se renueva cada día, sacramentalmente en la tierra y
gloriosamente en el cielo por  Cristo Sumo y Eterno Sacerdote que se ofrece
constantemente al Padre por nuestra salvación.
Sacrificio incruento que es el mismo de la cruz capaz de borrar todos los
pecados del mundo, y que mantiene siempre actual una alianza eterna que no
se romperá ya: Los hombres justificados por la sangre de Cristo y vueltos en
él a la amistad de Dios, forman para siempre un pueblo suyo, rico en buenas
obras para gloria de Dios. 


157. Ordenados a Dios.
La obra de Dios es obra de santidad;  y su criatura no puede menos de estar
ordenada a la gloria de su creador. Aunque es también es cierto que su obra
es de amor y la criatura se lleva en ello la mejor parte.
Tenemos inteligencia, tenemos voluntad libre, tenemos una vida y también
muchas necesidades; cada una de ellas debe estar plenamente ordenada a la
gloria de su creador, que es al mismo tiempo el máximo bien y la máxima
felicidad de la criatura.
Siendo criaturas  muy necesitadas, nos viene muy bien la oración de
petición: “Levantar el alma a Dios y pedirle mercedes”. Siendo inteligentes
propia es la alabanza a aquel a quien conocemos como sumo bien y suma
perfección.  Teniendo libre voluntad, muy bien esta que sometamos
voluntariamente nuestra vida a sus mandatos y lo alabemos así con las obras.
Siendo pecadores le honraremos a el y seremos salvados si acudimos
constantemente a su protección. Oración de Petición, de alabanza, de
obediencia, de apoyo en nuestras necesidades y si a él le place
regalárnoslo: la oración de quietud, de unión, de gozo en su presencia, de
callado amor.


Return to Index