105. Para gloria de Dios. Dios puede dar sin limite. De hecho se ha dado a si mismo en Cristo. Pero no puede desordenar a su creatura destinándola a otro fin que no sea EL MISMO . Para gloria de Dios se hizo hombre el Hijo de Dios, para su gloria acogió a los hombres pecadores. Para gloria de Dios los llama a su Reino y los llena de sus dones. Para gloria de Dios escoge a sus Apóstoles y los envía a predicar el Evangelio. Todo en una palabra tiene un solo fin ultimo que es Dios y su gloria que ha sido alcanzada en Cristo. “ Dad gracias a Dios, sin cesar a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús. El os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprensibles en el ida de Nuestro Señor Jesucristo, pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo Señor Nuestro ”. 106. Vivid en gracia. No podemos entender la Justificación que nos ha alcanzado Cristo, a la manera de algunos protestantes, como un estado de justicia que se alcanzo por la fe y el bautismo y ya no se pierde ni con el pecado. Solo falta nuestra muerte para que volemos derecho al cielo. La Justificación, que tambien conocemos como estado de gracia, es cierto, se alcanza por la fe en Jesús el Hijo de Dios, y se conserva permanentemente mientras no la perdemos con el pecado mortal, que por eso se llama mortal, porque mata el alma privándola de la gracia santificante que la hace grata a Dios. Tambien es cierto que Dios ofendido se porta como nosotros como un verdadero Padre esperando siempre nuestro regreso como con el del hijo prodigo, y que el sello del Espíritu hijos con que hemos sido marcados en el Bautismo no se pierde nunca. Que mientras nos quede un instante de vida nunca debemos perder la Esperanza; que podemos volver al estado de gracia por la contrición perfecta, la confesión y el Sacramento de la Unción de los enfermos, pero, si para nuestra desgracia, morimos en estado de pecado mortal, con todo y nuestra fe muerta y nuestro bautismo inútil, iremos al infierno. 107. Misión del Espíritu Santo. Así como el día de la Navidad nos hace sentir visiblemente la presencia de Cristo, aunque eso no significa que en otro tiempo no estuviera en el mundo. Así tambien el día de Pentecostés, a Iglesia naciente experimentó la presencia sensible del Espíritu Santo continuador de la obra redentora de Cristo por su medio. El espíritu de Dios estuvo en el mundo desde su origen, particularmente en sus profetas que anunciaron a Cristo, y singularmente en todos los acontecimientos relacionados con la Encarnación del Hijo de Dios hecho hombre por obra del Espíritu Santo. Lleno a Isabel y santifico a su hijo aun en el seno de su madre. Pero en el ida de Pentecostés, se hace manifiesta su presencia en el lugar privilegiado de su acción salvadora: La Iglesia y los corazones de los fieles, aunque tambien es cierto que el Espíritu de Dios con la libertad absoluta que corresponde a Dios, sopla donde quiere, en el mundo entero, impulsando con gran fuerza a todos a recibir al Señor, su Salvador. 108. Consagración de Jesús a Dios. Al cumplirse 40 días de su nacimiento, el niño Jesús fue llevado por sus padres para consagrarle a Dios como estaba prescrito en la Ley de Moisés, que todo primogénito fuese dedicado a Dios, recordando que al salir de Egipto, Dios había salvado a todos los primogénitos de Israel del exterminio por la sangre del cordero que ofrecieron en sacrificio. Jesús estaba consagrado a Dios desde toda la eternidad como el Hijo Unigénito de Dios y desde el primer momento de su ser como hombre. En el principio del libro esta escrito esta escrito sobre mi: Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. Consagrarse es pues comprometerse libre y voluntariamente a hacer la voluntad de Dios en cualquier cosa que el quiera pedirnos, no solo las que nos obligan, sino aun las que nos pide libremente, que son las mayores: Como La cruz que el Padre pidió a Cristo, o el consentimiento de María, para ser madre del Salvador a costa de tantas lagrimas. 109. En el Bautismo de Jesús. Llego el momento de cumplir libre y amorosamente la Misión que el Padre le había encomendado: La redención del mundo. Jesús se despide de María, su madre, va en busca de Juan el Bautista a decir su SI A DIOS en la aceptación de nuestra costosisima Redención. Toma sobre si nuestras culpas y se somete al Bautismo de Juan como todos los demás. El Padre no resiste más: Se abre el cielo y se escucha la voz conmocionada del Padre: "Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco". Luego el desierto, las tentaciones, y a su regreso el testimonio claro de Juan : = Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo = . Yo no lo conocía, pero el que me envío a bautizar con agua, me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre el, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Elegido de Dios. 110. En el momento de su Inmolación. LA MUERTE DE JESUS es el acto mas puro de Confianza en el Dios de la vida y de la Resurrección, amor a la voluntad de Dios , obediencia a su Padre, e inmensa caridad hacia nosotros. Me amo y dio su vida por mi. Tanto amo Dios al mundo, que le dio a su Hijo como redención por sus pecados para así salvar cuanto se había perdido. El sufrimiento y la cruz son transformados por Jesús en instrumento de salvación: “ Sacrificios y holocaustos no quisiste, pero me diste un cuerpo: He aquí que vengo a cumplir tu voluntad.” En el principio del libro esta escrito sobre mi: “Aquí estoy para hacer tu voluntad". Siendo el Hijo, aprendió sufriendo a obedecer y llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de la salvación eterna. Por eso Dios lo exalto y le dio el Nombre que esta sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre. 111. Cristo Cimiento de la Edificación de Dios. Nadie puede pues poner otro cimiento que el ya puesto por Dios: Jesucristo. El que no perdono ni a su propio Hijo, antes bien lo entrego por nosotros. ¿Como no nos dará en el graciosamente todas las cosas?: Justificación, perdón y olvido, virtud, paz, amor, bienes de sabiduría, de subsistencia y de vida eterna. En todo salimos vencedores gracias a aquel que nos amo y se entrego a si mismo por nosotros, al cual hizo Dios salvación de Dios para quienes le reciben. De Dios os viene que estéis en Cristo Jesús.: Sabiduría de origen divino, Justicia que viene de Dios, Santificación y Redención, porque nadie vive para si mismo, como tampoco nadie muere para si mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así que ya que vivamos, ya que muramos, del Señor somos. 112. Glorifica tu nombre. Tres veces la voz del Padre respondió conmovido a la obediencia de Jesús que aceptaba la pasión por la salvación del mundo: En el bautismo en el Jordán; en la Transfiguración y en el pasaje de los primeros gentiles que quieren “ver a Jesús” . El Evangelista San Juan, partiendo del deseo de los Griegos de ver a Jesús, escribe una de las paginas más bellas de su Evangelio. Entre los que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo : “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se los dijeron a Jesús y él les respondió: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto.” Y ante la eminencia de su pasión, adelanta Jesús la oración que repetirá después muchas veces en el huerto de los olivos: “Ahora mi alma esta turbada”, ¿ y que diré ?: “¿ Padre líbrame de esta hora ?”. No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, da gloria a tu nombre.” Vino entonces una voz del cielo que dijo: Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré. Respondió Jesús y dijo: esta voz no ha venido por mi, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo, ahora va a ser echado fuera el príncipe de este mundo. Y yo, si fuere levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Esto lo decía significando de que muerte había de morir. 113. Consagrados a Dios. Dios a derramado su amor en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Por nuestro Bautismo en el agua y el Espíritu Santo, somos consagrados a Dios. Le pertenecemos por creación, le pertenecemos por redención, le pertenecemos por conquista porque convirtiéndonos a Cristo el Espíritu Santo nos ha ganado para Dios. Estar consagrados a Dios significa de nuestra parte, comprometerse personalmente a hacer su voluntad: Cristo a muerto por nosotros y el Espíritu Santo nos ha ganado para Dios ahora solo falta que nosotros nos comprometamos voluntariamente a servir a Dios cumpliendo su voluntad para que el nos reciba como hijos, insertándonos en Cristo y en su Iglesia y sellando su adopción con el carácter sacramental y el don del Espíritu Santo. 114. Supremacía de Dios. Luego, en el Bautismo, los Cristianos hemos sido consagrados a Dios, nos hemos comprometido a hacer su voluntad y hemos llegado a ser sus hijos en Cristo. Hoy mas que nunca es necesario que los consagrados a Dios: Bautizados, Sacerdotes y Obispos, Religiosos y Religiosas, proclamen con la palabra y con los hechos, con su vida, con su ejemplo la supremacía de los bienes absolutos sobre las realidades temporales. Que por lo menos en lo que a ellos mismos se refiere devuelvan su mundo a Dios. ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en Vosotros?. Vivid pues según Cristo y no como el mundo. 115. Vasallos de Cristo. Un reino supone un Rey a quien sus vasallos reconocen como su soberano y, unos vasallos que gustosamente ponen al servicio de su Rey sus personas y todos sus bienes. Que están al servicio de su causa y acatan en todo su voluntad. Que se someten a su juicio. Y que todo lo esperan de la magnanimidad y benevolencia de su Rey y Señor. El Espíritu Santo esta en nuestro ser para hacer de nosotros esos siervos fieles que cumplen siempre la voluntad de Dios, amigos perfectos que lo ponen todo a su servicio, hasta llegar a convertiste en los hijos comprometidos con su Dios y entregados a la causa del Señor. 116. Nuestra muerte. La humanidad entera, doblemente mortal. Primero: por la fragilidad de nuestra efímera condición de criaturas. Segundo: como castigo del pecado cometido por nuestros primeros padres que perdieron para ellos y para toda su descendencia la prerrogativa singular que había decretado Dios concederles de no cruzar por la muerte en su paso de la vida terrena a la eterna. Testigos como somos de la muerte inevitable para todos, nos es muy difícil imaginar como seria nuestra salida de este mundo, si no hubiera mediado el pecado. En el Antiguo testamento conocemos por lo menos dos casos en que Dios intervino especialmente para librar de el paso por la muerte a sus siervos: A Henoc y a Elias a quienes fueron arrebatados al cielo. En el Nuevo Testamento, tenemos el caso clarísimo de la Santísima Virgen María, libre de todo pecado, que sin pasar por la muerte fue elevada al cielo en cuerpo y alma gloriosos, como sabemos ciertamente por el dogma de fe definido por la Iglesia con su autoridad infalible: “ La Asunción gloriosa de la Santísima Virgen María a los Cielos.” 117. El amor del Padre El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquél que me ha enviado. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada. ¿ Que hombre conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu que está en él ?. Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Nosotros hemos conocido la gracia que Dios nos ha otorgado, no con palabras de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu. Anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman. Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde todos los siglos para manifestarse en la plenitud de los tiempos, en Cristo, para gloria de Dios y redención nuestra. El misterio escondido desde toda la eternidad: el amor de Padre por el cual creó el mundo, lo reconcilió consigo, y lo llevó a su perfección en Cristo: La encarnación redentora del Hijo de Dios. 118. Familia de Cristo. Ahora todos los hombre son mis hermanos y tengo una nueva familia: Mi Padre Dios, Jesús mi Salvador, El Espíritu Santo que vive en mí, Mi Reina, Madre, Dueña y Señora la Santísima Virgen María. Mi madre y maestra la Santa Iglesia y en ella el Papa, mi Obispo, mi Parroquia y mi Iglesia doméstica donde están mi esposa, mis hijos, mis hermanos, sus familias y todos cuantos están cerca de nosotros. No he perdido a los míos, al contrario ahora tengo una razón más para amarlos, que es Cristo. Oración : Jesús mío; yo te amo, creo en ti, yo espero en ti, yo te adoro y quiero recibirte siempre sacramentalmente en la sagrada Eucaristía. Te pido perdón por los que no te aman, no creen en ti, no esperan en ti y no quieren recibirte en la sagrada comunión. Siempre Virgen María, yo te amo, creo en ti, espero en ti, y quiero estar siempre bajo tu protección. Te pido perdón por los que no te aman, por los que no creen en ti, no esperan en ti y no quieren acudir a ti. Dios mío, yo te amo, yo creo en ti, yo espero en ti, yo te adoro y te pido perdón por los que no te adoran, por los que no te aman, por los que no creen en ti, y por los que no esperan en ti. 119. La conversión. La vida cristiana como seguimiento de Cristo y transformación en él, no se queda en inútiles deseos, sino que lleva al cristiano a alcanzar a Cristo y seguirlo. Cuatro elementos esenciales caracterizan nuestra unión a Cristo: Nuestra orientación fundamental a Dios por Cristo y en la Iglesia. La lucha por vivir en Gracia. El uso constante de los Sacramentos y demás medios de salvación. El buen uso de nuestros talentos. La conversión a Dios, es fundamental y principio de todo. “ Convertíos y creed en el Evangelio ”. La lucha por vivir en gracia es indispensable: como a un boxeador, a quien no se le pide que evite todos los golpes, sino que nos mantengamos en pie. Es una lucha desigual, con enemigos muy superiores a nosotros mismos, y muy ingenuo será el que quiera triunfar por sí mismo sin acudir a los medios que Cristo ha puesto para ayudarnos a conseguirlo. 120. Construyendo la unidad. En virtud de la gracia que me fue dada, dice San Pablo a los Romanos: No os estiméis en más de lo que conviene, apreciando a los otros más que a vosotros mismos. Con la alegría de la Esperanza, constantes en la tribulación, perseverantes en la oración, sin complaceros en la altivez, atraídos mas bien por lo humilde, no os complazcáis en vuestra propia sabiduría. En lo posible, en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres, no tomando la justicia por cuenta vuestra: No os dejeis vencer por el mal, antes bien vence el mal con el bien. Dad a cada cual lo que se le debe: Si impuestos, impuestos; si tributo, tributo; respeto y honor; y a todos amor, pues el que ama al prójimo, ha cumplido la Ley. Acoged bien al que es débil en la fe, sin discutir opiniones, que no por esas pequeñeces destruyas a aquél por quien murió Cristo. Y el Dios de la paciencia y del consuelo, os conceda tener, los unos con los otros, los mismos sentimientos, para que unánimes a una voz, glorifiquéis al Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, acogeos mutuamente, como os acogió Cristo para gloria de Dios. 121. Fortaleza en las tribulaciones. El Señor conoce cuan vanos son los pensamientos de los sabios del mundo y prende a los sabios en su propia astucia. Mientras haya entre vosotros envidia y discordia, ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano? ¿No sabéis que vuestro cuerpo es Santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?. Os ruego, pues, que seáis imitadores míos, como yo lo soy de Cristo. Nos fatigamos trabajando con nuestras manos, si nos insultan bendecimos, si nos persiguen, lo soportamos, si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser como la basura del mundo y el desecho de todos. Nuestro auxilio es invocar al Señor. El que acude a él, no quedará confundido. 122. Por María. Consagrarse a María, es responder por su medio al proyecto salvífico de Dios de la mejor manera que nos es posible: En Cristo y por medio de aquélla que Dios asoció al misterio Salvífico de Jesús como verdadera madre, modelo , maestra de fidelidad en el servicio, en la escucha, en la aceptación y en el cumplimiento de la misión que Dios quería encomendarle. Ilusión sería querer corresponder vitalmente y con gran perfección al proyecto salvífico de Dios confiando en nuestras propias fuerzas. Dios mismo ha querido, para nuestro bien, ponernos bajo la protección de María, y dárnosla por madre encomendado a ella los tesoros de la gracia y la salvación. 123. Dios busca al hombre. En Jesucristo, Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca. Es una búsqueda que nace de lo íntimo de Dios y que tiene su punto culminante en la Encarnación del Verbo. Si Dios busca al hombre, creado a su imagen y semejanza, lo hace porque lo ama eternamente en el Verbo, y en Cristo lo quiere elevar a la dignidad de hijo. ¿Porque lo busca? Porque el hombre se ha alejado de él. El hombre se ha dejado extraviar por el enemigo de Dios: Satanás lo ha engañado persuadiéndolo de que es Dios, de poder conocer como Dios el bien y el mal. De que él puede gobernar al mundo a su arbitrio sin tener en cuenta la voluntad divina. Buscando al hombre, Dios quiere que abandonando el camino del error, caminemos tras sus huellas por el sendero que conduce a la vida. Derrotar el mal, mediante la Redención que se realiza en el sacrificio de Cristo rescatando al hombre del pecado y reconciliándolo con Dios. 124. La Gracia Santificaste. Hay en el mundo una riqueza infinita ante la cual todas las demás nada valen. Los tesoros de la ciencia, de la técnica, de las bellas artes, todo lo bueno que el mundo tiene, no puede compararse con el tesoro que poseemos los cristianos y que por desgracia muy pocos conocen y aprecian. La Gracia Santificante. ¿Qué es la gracia santificante, que es capaz de elevar a la llena de gracia, la más humilde esclava del Señor, a llegar a ser la mas excelsa de todas las criaturas, incluidos los ángeles, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, las vírgenes, y todos los santos juntos?. Desde toda la eternidad decretó Dios hacernos el máximo regalo que su divinidad pudiera darnos. Hacernos partícipes de la Vida Divina. !Eso es la vida de la gracia! Es la comunicación de la vida divina a una creatura, en tal forma que en cuanto es posible queda transfigurada a la mas alta semejanza con Dios: Dios Hijo, comparte plenamente nuestra condición humana para hacernos partícipes de la suya, divina. Dios Padre nos adopta en Cristo como hijos suyos. Y Dios Espíritu Santo, divinizando nuestra alma y nuestro cuerpo, hace posible esa adopción filial. 125. Vocación a la santidad. Desde antes de crear nada, ya Dios pensaba en nosotros con un amor infinito y había decretado que estas pequeñas criaturas, creadas a su imagen y semejanza, llegáramos a pesar de nuestros pecados, a ser sus hijos por medio de Cristo el Señor. En cierto modo podemos decir que la creación, la redención y la divinización del hombre, no son más que tres tiempos o aspectos del mismo proyecto eterno de Dios. La vocación primaria del hombre, la más profunda, la más universal es el llamado a la santidad que confiere la vida en gracia. Eso quiere Dios de todos los hombres y con muchísima mayor razón de todos los cristianos. Por desgracia esta sublime invitación es desconocida por la mayoría . A partir de la gracia, el hombre puede hacer lo que quiera en el mundo. Puede tener la profesión u oficio que le agrade, puede dedicarse a las más diversas actividades que su creatividad le permita. Pero siempre en santidad, es decir en gracia de Dios. Sin la gracia divina estará solo echando a perder el magnífico plan que Dios forjó para él. Pues en la medida en que hayamos amado a Dios y vivido en plenitud en gracia, en esa misma medida gozaremos de Dios por toda la eternidad. 126. Conversión a Dios. La distancia entre Dios y el hombre, es infinita, todas las riquezas de la vida creada, no son sino un pálido reflejo de la riqueza de la vida de Dios. No podemos ni imaginarla, como una hormiga no puede ni soñar en la perfección y grandeza del hombre. Sin embargo, por amor a las creaturas, los pecadores rechazamos a Dios, ya por las riquezas, ya por el poder, ya por nuestra supuesta sabiduría, los honores, las venganzas, los rencores, los placeres o cualquiera otra de nuestras inclinaciones naturales que nos conducen al pecado, a perder la amistad de Dios, a alejar al Espíritu Santo e impedirle permanecer en nosotros para producir en nuestra vidas la gracia y sus hermosos frutos. Que la recepción frecuente de los sacramentos principalmente de la penitencia primero y después repetidamente de la Sagrada Eucaristía, abra nuestro corazón a la fe, a la justicia y a la caridad que tu quieres de nosotros. 127. Vacío de si mismo. Mientras más un hombre este lleno de si mismo, mas imposible es que se llene de Dios, mas difícilmente reconocerá que todo lo tiene de Dios, y en lugar de darle gracias por haberlo recibido, se erguirá contra su benefactor. Mientras mas apoyado este en las riquezas, en el poder, o si es pobre, en otros, mas difícil será que ponga toda su confianza en Dios. Mientras mas apegado este a los honores, a la autoaprobación y a la búsqueda de la estima de los otros, mas difícilmente buscara la aprobación y la gloria que vienen de Dios. Por tanto gran beneficio es descubrir a tiempo la falibilidad de los apoyos terrenos y entender que solo podemos apoyarnos en Dios: “Ya no nos salvará Asiria, ya no confiaremos en nuestro ejercito, ni volveremos a llamar “dios nuestro” a las obras de nuestras manos. Porque solo tu eres grande y haces maravillas, porque solo tu eres Dios y solo en ti encuentra piedad el huérfano. 128. El estado de gracia. La presencia del Espíritu Santo en nosotros, no es pasajera, sino permanente, por eso decimos que la gracia es habitual. Por ser un estado permanente tambien le llamamos "estado de gracia" . Dios presente permanentemente en nuestras almas. vivificando, santificando, divinizando nuestro ser. Este estado de gracia solo se rompe con el pecado mortal, que por esos se llama mortal, porque nos priva de la gracia, arroja el Espíritu Santo de nosotros, nos hace hijos de ira y por tanto sin derecho de ir al cielo. No todos los pecados son mortales. Ya el apóstol san Juan hace la distinción entre "pecado que lleva a la muerte y el que no lleva a la muerte", que no matan la gracia, aunque si la debilitan y a la larga son el camino para cometer el pecado mortal. En cambio, los pecados mortales, uno solo de ellos, es una ofensa grave a Dios, nos quita el estado de gracia y nos pone en peligro de condenación eterna. 129. Naturaleza de la gracia. Con el Bautismo nacemos a la gracia sin perder nada de nuestra naturaleza que al contacto con el fuego divino de la gracia, permaneciendo humana queda inflamada con la vida divina. No se transforma en Dios como quieren entenderlo algunas religiones orientales. El creyente en gracia de Dios, sigue siendo una creatura, solamente que llena de Dios, como un hombre puede estar lleno de pena o de alegría y felicidad sin dejar de ser el mismo. Una comparación puede ayudarnos a comprenderlo: nada más distinto que el hierro y el fuego: El primero, cuando está frío, es sólido, duro, oscuro, sin embargo en contacto con el fuego, sin dejar de ser hierro, ya encendido, adquiere las condiciones del fuego: luminoso, caliente, transparente, libre de impurezas que han sido quemadas por el fuego, dúctil, fluido como un torrente chispeante que sale del alto horno convertido en un arroyo de luz. Es lo que sucede con nuestras almas al contacto con el fuego divino de el Espíritu Santo, que habita en nosotros y comunica a nuestro ser natural la gracia santificante, permaneciendo humanos, pero quedando inflamados por la vida divina. 130. El modelo perfecto de la gracia. Todos estamos llamados a la gracia y todos debemos ser santos, pero también es cierto que todos somos pecadores. Por el pecado original, nacemos ya privados de la gracia santificante e inclinados al mal. Nos es mucho más fácil hacer el mal, que hacer el bien. Pero ha habido una excepción: aquella mujer, que desde toda la eternidad estaba destinada a ser la madre del Verbo Encarnado, Jesús de Nazaret, Cristo el Señor. Por una gracia especialista que anticipa los méritos de Cristo en favor de su santísima madre, María la doncella de Nazaret fue preservada de toda culpa, concebida en gracia y libre del pecado original. Solo ella alcanzó, por su inmaculada concepción , por su maternidad divina, y por su plena correspondencia a la gracia, el más alto grado de santidad que una creatura podía alcanzar. Y así “ llena de gracia ”, es como fue saludada por el ángel Gabriel el día de la Anunciación. Porque nada es imposible para Dios. Y así convenía que fuera la madre del Salvador. 131. Gloria anticipada. Elegir a Jesús significa estar con él, acompañarlo, andar detrás de él. Es por tanto, vivir la vida con Jesús y en consecuencia, según los criterios de Jesús: El amor y el sacrificio. Esta vida de hijos de Dios se vive en la oración, en la liturgia, principalmente en la santa misa, en los sacramentos, en la escucha de la palabra de Dios, en la comunión fraterna hecha obediencia, colaboración, disponibilidad a todos los niveles y con todos, en el servicio al prójimo , primero para con los miembros de Cristo y despues con todos independientemente de su religión y conducta. Este comunión existencial con Dios: Abandono de si mismo en Dios, mediante la oración del corazón, llega a ser tan presente y viva, que en la mañana es la que despierta al peregrino, para comfortarlo y sostenerlo. Es como la respiración del Espíritu Santo en el alma, y la encarnación de la palabra de Dios en su vida. Por la fe y la gracia santificante, tenemos en cierta manera, un anticipo de lo que será nuestra vida en el cielo: Dios siempre presente en los que viven en el, él es todo para ellos, provee a cada una de sus necesidades y no permite que vuelvan su mirada a ningún otro objeto, ni que busquen nada fuera de él. El es su valor absoluto. 132. Satisfacción infinita de Jesús. Una ofensa se mide mas por la dignidad de la persona ofendida, que por el ofensor. Quienquiera que sea el que ofende a un rey, es reo de una falta de leza majestad, si se mata al hijo del rey, es un crimen sin nombre. Pero si se ofende a Dios, es una culpa que tiene un componente infinito: Dios ofendido. Solo una persona divina podía expiar un solo pecado mortal, cada uno de los pecados cometidos por cada uno de nosotros, todos los pecados juntos desde el primero cometido por los ángeles que se negaron a servir a Dios, el de nuestros primeros padres que arrastro a todos sus hijos al mal, hasta el último cometido hoy por cualquier pecador. Todos ellos, cada uno de ellos crucificó a Cristo, hizo necesaria la muerte del Hijo de Dios en los más grandes sufrimientos, si se trata de una satisfacción digna ofrecida a Dios para resarcir plenamente la ofensa inferida a un Dios de majestad infinita. Y si el amor a Dios su Padre ofendido llevó a Cristo voluntariamente y por obediencia a la cruz, no menos lo llevó el amor a nosotros, que habíamos de perdernos: “ Nadie tiene mayor amor, que el que da la vida por su amigo ”. Y Cristo Jesús dió su vida para librar del infierno a los que tu tanto amaba. Ni la Santísima Virgen María, redimida anticipadamente y libre de todo pecado, podía entrar al cielo sin ser redimida, si Cristo no moria por ella, para librarla del pecado original, que nunca llego a tocarla. Con cuanta mayor razón tenia que pagar por cada uno de nosotros que mil veces hemos merecido personalmente nuestra eterna condenación. 133. Glorioso final. Pero la muerte de Cristo no termina ahí. Como premio a su obediencia, Dios lo devuelve glorioso a la vida. La resurrección es la respuesta de Dios Padre a la condena y suplicio al que los hombres sometieron a su Hijo. La demostración de que él era en verdad El Hijo de Dios y Dios mismo. Por la resurrección La Vida Divina, refluye abundantemente como primicia en la humanidad de Cristo y a través de él, a todos los hombres.La humanidad del Hijo se introduce gloriosa en la Trinidad de Dios. Jesús resucitado es el hombre nuevo que arrastra tras de sí a la humanidad entera. La Resurrección de Jesús es también el cumplimiento de la esperanza humana de inmortalidad y trascendencia. Cristo resucitado no es solo ejemplo, sino el autor de nuestra resurrección. El tiene el poder espiritual de transformar a los hombres conforme a su imagen para hacerlos de nuevo hijos del Padre. Hacerlos vivir como hijos de Dios aquí en la tierra para después resucitarlos y llevarlos al cielo. La resurrección completa para nosotros la revelación del misterio de Dios Uno y Trino: El Padre, que glorifica a su Hijo resucitándolo y elevándolo a su derecha. Y del Espíritu Santo que se manifiesta Espíritu de Vida y de Resurrección y hace posible nuestra vida en Cristo y nuestra futura resurrección el día del Señor.
135. ¡Reconciliaos con Dios!
Dice San Pablo en su segunda carta a los Corintios: El amor de Cristo nos
apremia al pensar que, sí uno murió por todos, todos por tanto murieron.Y
murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel
que murió y resusitó por ellos. Por tanto, el que está en Cristo, es una
nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.Y todo proviene de Dios que nos
reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la
reconciliacion. Somos pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara
por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con
Dios!
A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniesemos
a ser justicia de Dios en él. Y como cooperadores suyos que somos, os
exhortamos a que no recibais en vano la gracia de Dios. Pues dice él: = En
el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. Mirad
ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación.
136. El sufrimiento del cristiano
Venid a mí todos los que estáis cansados y abatidos que yo os aliviaré.
Jesús, de hecho, no eliminó el sufrimiento y la muerte de la existencia del
hombre.Esta meta la anunció como plena realidad en el cielo, donde ya no
habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha
pasado.El sufrimiento y la muerte son parte no sólo del destino terreno de
Jesús, sino también de la misma identidad cristiana. Dichosos vosotros
cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi
causa. Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el
cielo.
El seguimiento de Jesús comporta la cruz antes que el premio: El que quiera
seguirme, que se niege a sí mismo, cargue con su cruz cada día y después
venga y síigame.
El sufrimiento es transformado por Jesús en instrumento de salvación. Su
sufrimiento y su muerte aceptados como obediencia al Padre fueron la causa
de la salvacion para toda la humanidad. Los cristianos, uniendo sus
sufrimientos a los de Cristo, llegan a ser intersesores ante Dios para la
aplicación de la redención a sus hermanos :"Completo en mi carne lo que
falta a la pasión de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia."
137. Plegaria de un hombre atribulado
Dime Señor cúal es mi culpa, Señor cúal mi pecado,
que así tus iras contra mi desatas.
Porqué has todo el dolor acumulado, porque con tu rigor me has flagelado,
hasta sentir que la razón me matas.
¿ Porqué Señor, porqué este castígo ? ¿porqué tantos dolores me has enviado?
¿Porqué en este sendero en el que sígo mi ruta por la vida cúal mendígo,
has llenado de espinas despiadado?.
¿Porqué dime Señor, tanto he sufrido?,
¿Porqué en tanta amargura yo he vivido?.¿ Porqué dime, porqué dime Señor?.
Di cúal la causa de tu enojo ha sido.
Ni mejor, ni peor, que mis hermanos fui encontrado.
Pues que, al no negar tu existencia, ni adorarte, al mismo pecado de omisón
hemos venido
Si así he pecado mi Dios, si te he ofendido. Si de nuevo el costado te hube
hendido,
mira Señor que me has amado y al precio del dolor fui rescatado.
¡Me arrodillo Señor y te bendigo!.
138. Seguimiento de Cristo
Jesús es nuestro único guía y nuestro único maestro: Jesús no solamente nos
enseña a ser hombres, o a ser hombres de fe. El nos invita a ser suyos: Yo
soy la vid y vosotros los sarmientos. Permaneced en mí y yo en vosotros.
Esto implica el reconocimieno vital de Jesús, como Señor y Cristo, como
salvador de la humanidad entera, como único revelador del Padre y mediador
necesario entre Dios y los hombres.
El Hijo de Dios encarnado, profundamnete hombre, aun sindo verdaderamente
Hijo unigénito de Dios es el único que puede llevar a la plena realización a
toda persona humana, a la humanidad entera y con ella a toda la creación.
Aceptar a Cristo como el horizonte y cumplimiento definitivo de todas las
esperanzas salvíficas de la humanidad; significa, ver en él al Reconciliador
Universal, el liberador de la esclavitud del mal, al recreador del hombre,
al modelo de la humanidad y al bien absoluto por el cual somos y por el cual
llegaremos a nuestra perfección.
139. Jesucristo es el centro y la fuente del anuncio cristiano
Nuestra fé situa a la persona de Cristo en el centro mismo del anuncio
evangélico. Jesucristo es el único verdadero maestro, por lo cuál, en
nuestra catequesis, sólo es necesario enseñar la doctrina y la vida de
Jesús: Su misterio de encarnación, pasión, muerte y resurrección redentora.
Poner no solo en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo a
cada uno. Sólo El puede conducirnos al amor del Padre en su Santo Espíritu y
hacernos participar de la vida de la Santísima Trinidad.
En el discurso de apertura del Concilio Vaticano II (11 de noviembre de
1962), el Papa Juan XXIII, puso a Jesucristo en el centro de la historia y
de la vida: Los hombres, estan con El y con su Iglesia, y entonces gozan de
la luz, de la bondad, del orden y de la paz; o por el contrario, estan sin
El. Cristo está siempre presente en su Iglesia, de modo especial en las
acciones litúrgicas. Cristo es el nuevo Adán, que con su muerte destruyó la
muerte y nos dió nueva vida, para que hijos, con el Hijo, clamemos en el
Espíritu: ! Abba, Padre !
140. Palabras de Pablo VI
Jesús está en el vértice de la aspiración humana, es el término de nuestras
esperanzas y de nuestras oraciones, es el punto focal de los deseos de la
historia y de la civilización, es decir, es el Mesías, el centro de la
humanidad. El verdadero hombre, el tipo de perfección, de belleza, de
santidad puesto por Dios para personificar el verdadero modelo, el verdadero
concepto de hombre, el hermano de todos, el amigo insustituible, el único
digno de toda confianza y de todo amor; ES EL CRISTO HOMBRE.
Y al mismo
tiempo, Jesús está en el principio de toda nuestra veradera suerte, es la
luz por la cual el mundo toma proporciones, forma belleza y sombra; es la
palabra que todo lo define, todo lo explica, todo lo clasifica, todo lo
redime; es el principio de nuestra vida espiritual y moral; dice lo que se
debe hacer y da la fuerza, la gracia, de hacerlo; reverbera su imagen, más
aún, su presencia, en cada alma que se hace espejo para acoger su rayo de
verdad y de vida, de quien cree en él y acoge su contacto sacramental; ES
EL CRISTO DIOS, el Maestro, el Salvador, la Vida.