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Christus Rex Information Service
8 de Diciembre 1996
CHRISTUS REX INFORMATION SERVICE - Domingo 8 de Diciembre 1996 - Merída-Badajoz
Carta del Arzobispo
María, en el año de Cristo
Tomándose vísperas con tiempo, Su Santidad Juan Pablo II, en su
Carta Apostólica Tertio millenio adveniente, de noviembre de
1994, exhortó a los católicos del mundo entero a
prepararse con esfuerzo e ilusión, durante un recorrido de
cinco años, a la celebración, en el dos mil, de un
magno jubileo universal, conmemorativo de los veinte siglos de la
venida de Cristo, y con Él del cristianismo, a la tierra y a la
humanidad.
Estamos en ese ciclo preparatorio, un exigente adviento religioso,
mediante la progresiva toma de conciencia y la puesta a punto de la
Iglesia entera para vivir con la máxima intensidad el año
jubilar bimilenario, pórtico de esperanza para el siglo
veintiuno y el tercer milenio de la era cristiana.
De los cinco años ya han transcurrido dos, el período
que el Papa denomina de preparación remota, conocimiento,
ambientación y asimilación valorativa del programa
jubilar de fin de siglo. ¿Cuántos lo han hecho así? Quizá no
muchos, pero la Carta apostólica ha hecho mella en muchos
espíritus. Cristianos de todos los colores se dicen entre
sé: Esto va en serio, es algo grande y hermoso que nos va a
unir a millones de creyentes en un empeño común de
conversión y de esperanza. En esas estamos. "El que tenga
oídos que oiga lo que el Espíritu les dice a las
Iglesias" (Apoc. 2,11).
El trienio trinitario
El trienio de preparación inmediata del Año jubilar
acaba de abrirse con el mes de diciembre, el primer domingo de
Adviento. Más de uno se preguntará: ¿Tres años ensayándose
para llevar a cabo unas celebraciones? No, no es eso; sería un
grave error separar en este caso el camino del destino. Aquí
só que se hace camino al andar, como lo expresa, con belleza y
claridad, el sacerdote placentino Rafael Prieto, en El júbilo de cada
día:
"La predicación del gran jubileo será para la Iglesia como unos
Ejercicios espirituales de tres años de duración. Pero
sabiendo que el fruto de los Ejercicios no se encuentra sólo al
final; la misma voluntad de ejercitarse, el esfuerzo mantenido por
prepararse, la reflexión en el Espíritu, la súplica y la
espera, la lucha contra las evasiones, el deseo acrecentado... son
verdaderas primicias de las gracias salvadoras prometidas" (Cáritas,
Adviento-96, pág. 50).
Los que han tenido preparación remota y a los que no, yo se lo
digo ahora saben que el trienio 9799 está marcado por el misterio
Trinitario, los sacramentos de la iniciación cristiana y las
virtudes teologales. Año 97, Jesucristo, el bautismo, y la fe;
Año 98, el Espíritu Santo, la confirmación, y la
esperanza; Año 99, el Padre, la penitencia, la caridad.
Año santo dos mil, culmen y plenitud: la Trinidad, la
glorificación y la Eucaristía. Acabamos de entrar en el
año de Jesucristo. Ocasiones tendremos, y abundantes, en los
meses venideros, de volver nuestra atención sobre el Maestro.
La presencia transversal de María
Hoy, fiesta de la Concepción inmaculada de María, lo
hacemos sobre ella, contemplada como la Madre del Redentor, un
personaje de primer plano en el proyecto salvífico de Dios
sobre la humanidad. Sin contemplar el misterio de María se nos
quedan incompletos el de Cristo y el de la Iglesia. Olvidarse de ella
en un acontecimiento como el Jubileo dos mil, constituiróa una
omisión imperdonable para los discípulos de Jesús,
mutilaría gravemente el retablo de nuestras creencias. A ella,
¿cómo no? se refiere muy directamente Juan Pablo II en tres
pasajes de su Carta Apostólica, números 45, 48 y 54 del
documento, correspondientes a las tres divinas personas.
¿No será excesiva esta inclusión de una criatura humana, en el
medio divino? ¿No se dará pretexto así a sentimientos poco
ecuménicos, en los hermanos separados, o incluso en otros hermanos de
nuestra casa y familia católica, celosos, con justa
razón, de la exclusividad soberana de Cristo? Se admite a
trámite esta objeción y ya el propio Papa se cura en salud
antes de entrar en el tema mariano a corazón abierto y sin
complejos. Dice Juan Pablo II: "En su seno el Verbo se hizo carne. La
afirmación de la centralidad de Cristo no puede ser, por tanto,
separada del reconocimiento del papel desempeñado por su
Santósima Madre. Su culto, aunque valioso, no puede, de ninguna
manera, menoscabar la dignidad y la eficacia de Cristo, único
mediador" (n. 45).
Tranquilos, pues; todo queda en claro. En lo que toca al Año
santo y al trienio trinitario de su preparación, María
estará presente, dice el Papa, de un modo transversal, por su
relación, tan íntima como asombrosa, con las tres
divinas personas: Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa del
Espíritu. Lo mismo en los pasajes del Nuevo Testamento, que en
los escritos de los Santos Padres y de los teólogos, así
como también en la doctrina de los concilios y de los papas, no hay
voces extra corum sobre la unión privilegiada, totalmente
singular, entre el Dios uno y trino y la humilde doncella de Nazaret.
Siempre que intentes hablar de una de las tres personas, en su
proyección amorosa sobre el género humano, te saldrá al paso el
rostro virginal de María de Nazaret.
Año del Bautismo y de la fe
En este año de Jesucristo, año también del Bautismo y
de la fe, encuentra un dosel privilegiado su bendita figura.
Escribiendo como estoy en la fiesta de su Concepción
inmaculada, caigo en la cuenta de que, en el ser bendito de
María, eso del bautismo no hace al caso. En ella llegó
antes la gracia que el pecado, hablo del de Adán, que nos
manchó a todos los humanos. Lo de antes y después tampoco viene
a cuento, porque el pecado no le llegó nunca. Es la llena de
gracia, o sea de santidad, empapada de Dios por los cuatro costados.
Quienes más se parecen a ella son los neófitos al salir de la
fuente bautismal. La auténtica existencia cristiana arrastra siempre
una nostalgia, persigue siempre una utopía: la inocencia
auroral del Paraóso, la pureza inmaculada de la Virgen, la
blanca vestidura del Bautismo. Más todavía. Nuestro bautismo,
además de remitirnos al Señor resucitado y a la pureza
nóvea de María, es, ante todo, para nosotros la puerta
de la fe. La fe infusa, solemos decir con los viejos catecismos.
Bonito adjetivo, que quizá no todos captan: infusa, igual a difundida,
derramada. La fe, como don de dones, tras el que vendrán todos los
demás. Un don que habremos de acoger libremente, ya en el uso de
razón, cuando la Iglesia nos muestre el rostro de Jesús y
digamos nuestro só a su persona, a su Evangelio, a su Iglesia.
Pues, he aquó que de nuevo nos encontraremos con María.
"Dichosa tú que has creído" (Lc. 1,45). La devoción
secular de la Iglesia la denomina Virgen fiel y está archidemostrado
en la tradición cristiana que María aprece infinitas
veces en el origen, el mantenimiento, en la vivencia y en la
recuperación de la fe. Sal al encuentro, Señora, este
año de Jesús, año de la fe, de cuantos os buscan entre
tinieblas, sin olvidarte tampoco de los de casa, todavía, como
yo, hombres y mujeres de poca fe.
+Antonio Montero Moreno
Arzobispo de Mérida-Badajoz