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Christus Rex Information Service
1 de Diciembre 1996
CHRISTUS REX INFORMATION SERVICE - Domingo 1 de Diciembre 1996 - Merida-Badajoz
Los caminos de la Iglesia
Apuntes de Adviento, mirando al Jubileo del dos mil
La Iglesia, acá abajo, vive en las condiciones de los seres humanos
que la componen, todos los cuales, sin excepción, están instalados en
las coordenadas espacio y tiempo.
Badajoz, a tanto de tanto. Ya
sabemos el sitio y el día, ya tenemos localizado al individuo en
cuestión. El lugar nos coloca en un punto determinado del planeta
tierra; la fecha, en un momento concreto de la historia humana. Basta
con tres cifras: 19-8-1957.
¿Y a qué viene lo de la Iglesia? A aclarar
que también ella es terrestre, es temporal. Sólo que con una enorme
diferencia. La Iglesia, en la geografía es universal, y en la
historia, imperecedera.
«Yo estaré con vosotros todos los días hasta
que el tiempo se acabe».
Hablaba el famoso cardenal Lercaro, una de las estrellas del Vaticano
II, de una doble catolicidad: la horizontal y la vertical.
Horizontal,
la del espacio: andaluces, japoneses y tutsis, un solo Señor, una sola
fe, un solo bautismo.
Vertical, la del tiempo: Comunidad primitiva de
Jerusalén, Iglesia romana de las catacumbas, cristiandad de los monjes
y de los cruzados, teólogos de Trento, misioneros españoles en
América, cristianos de este siglo en las cámaras de gas, Concilio
Vaticano II: un mismo río de veinte siglos, un hilo de oro conductor,
desde los Doce hasta nosotros. Catolicidad apostólica.
Recordando un texto de san Agustín y otro de san Pablo, el mismo
Concilio nos dice que la Iglesia «va peregrinando entre las
persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz
del Señor, hasta que Él vuelva» (LG, 8).
En la misma longitud de onda
se sitúa un bellísimo documento del siglo II, la famosa Carta a
Diogneto refiriéndose a los cristianos de entonces y de siempre: «Lo
que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo.
El
alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y cristianos
hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo,
pero no procede del cuerpo; así los cristianos, habitan en el mundo,
pero no son del mundo...
Pero ellos son los que mantienen la trabazón
del mundo... Tal es el puesto que Dios les señaló, y no les es lícito
desertar de él» (Cf. Padres apostólicos, BAC, vol. 65. págs. 852-53).
Santificación del almanaque
Con el mismo esmero con que la Iglesia ha cuidado siempre la expansión
del evangelio en los últimos rincones del globo terráqueo, ha ido
también jalonando de referencias cristianas los años y los días del
calendario.
De ahí la inclusión en el culto litúrgico, a partir de los
tiempos apostólicos, como fiestas de aniversario y actualizaciones del
misterio correspondiente, de las memorias de los grandes momentos de
la salvación: nacimiento, muerte, resurrección de Jesucristo; y lo
mismo, en su medida, de los misterios paralelos de Nuestra Señora,
seguidos bien pronto por los aniversarios de los mártires.
Así, siglo
a siglo, se fueron desarrollando, en la época de los Santos Padres,
los diversos calendarios litúrgicos de Oriente y Occidente.
Ensamblándolos con las semanas, meses y estaciones del año civil o
astronómico, la Iglesia estableció los tiempos fuertes de Adviento,
Cuaresma, Semana Santa y ciclo de Resurrección.
Sus santos canonizados
fueron muy pronto más numerosos que los días del año, por lo que hubo
que celebrar en la misma fecha a un buen número de ellos. De ahí el
Martirologio romano como libro litúrgico oficial y el Santoral
comprendido en el misal y el breviario.
Durante siglos, y todavía bastante, la vida humana en el mundo rural e
incluso en el urbano, ha establecido una cadena de señalizaciones
diseñada por la religiosidad cristiana.
Todo discurre de Pascuas a
Ramos atravesando el carnaval y la cuaresma, la pascua y el mes de
María, las Vírgenes del verano, el mes de ánimas y la Navidad. Y, en
el rosario de los días, las fiestas onomásticas, con la memoria gozosa
de los santos cuyos nombres nos dieron en el bautismo.
Sí, ya lo sé. La secularización viene arrasando costumbres,
tradiciones e incluso creencias. A muchos niños no se les ponen ya
nombres de santos y mucho es que se les bautice.
Adviento, epifanía,
pentecostés, e incluso cuaresma y pascua, transcurren, eso sí, por el
calendario celebrativo de las comunidades cristianas, pero pare usted
de contar.
La liga del fútbol y los sorteos múltiples de la lotería,
las ofertas turísticas de estación, propuestas por las agencias de
viaje, toman el relevo del Año cristiano, que punteaba el almanaque de
nuestros padres y abuelos.
Mantener los campanarios
Asistimos, desde años, a un sordo forcejeo entre el calendario laboral
y las fiestas cristianas. Nada digamos de la práctica sustitución del
día del Señor por el fin de semana y de la coletilla que acompaña a
las fiestas mayores: vacaciones de Navidad, vacaciones de Semana
Santa, puente de los Santos, puente de la Inmaculada.
De la fiesta,
que santifica la jornada, alegra el corazón, nos remite a la
trascendencia y repara nuestras fuerzas para el bien, se pasa a la
diversión, legítima y necesaria, por supuesto, pero que saca a menudo
las cosas de quicio, como aquel anuncio sudamericano: "Pase la mejor
Semana Santa de su vida en los cabarets playeros de tal ciudad del
Caribe".
¿A dónde voy con todo esto? Evidentemente no a oficiar de inquisidor,
proclamándome enemigo de que la gente descanse y viaje; ni pidiendo
que, como mi madre, encuentren su solaz en un "ratico de Iglesia",
aunque se trate de un funeral "hermosísimo".
No es necesario para que
avance el Reino de Dios en nuestro mundo, que se mantengan todas las
tradiciones religiosas de una existencia humana tachonada por los
primeros viernes, los domingos de san José, el mes de ánimas.
Pero
desde afirmar que Dios era de pueblo, como el cura del mío decía en
Navidad, a sacudir de la vida, como el polvo de un abrigo o las
migajas de un mantel, todas las referencias religiosas de la
existencia, hay mucha distancia.
No es nada malo, sino todo lo
contrario, que sobresalgan algunos campanarios entre los bloques
macizos de cemento o ladrillo de las nuevas barriadas urbanas.
¡Qué
bien que resuenen las campanas, entre tantas bocinas, sirenas y motos
sin amortiguador, en esta, tan mal llamada, cultura del ruido!
Adviento y Jubileo 2000
En fin; todo esto es para anunciarles que empieza hoy un tiempo fuerte
o santo, el del Adviento.
Cuatro semanas escasas para recuperar en
nuestras personas y comunidades el asombro y la emoción de la venida
de Cristo al portal de Belén, de una vez para siempre, como un río de
amor y de esperanza, lo mismo en la Edad Media que en el Tercer
milenio, ya a las puertas.
La Iglesia, con nosotros dentro, sigue navegando por el internet de la
Historia humana y nos trae ahora en su alforja, por iniciativa del
Papa, un triduo de años los penúltimos del siglo preludio del gran
Jubileo del año dos mil.
Quedan atrás, bañados de agradecimiento,
veinte siglos de historia cristiana.
Se abren por delante, signados
por Cristo en la esperanza, un nuevo siglo y un nuevo milenio.
¿Por
qué no van a ser más cristianos que los anteriores?
La Iglesia,
impávida, seguirá peregrinando por el tiempo de los hombres "hasta que
Él vuelva".
+Antonio Montero Moreno
Arzobispo de Mérida-Badajoz